La legitimación del poder: Felipe II, poder y propaganda

Si hay un elemento que siempre se ha buscado desde el poder, es sin duda la homogeneización de las masas, factor que se ha buscado a través de diferentes vías de cohesión. De este modo, cuanto más fuerte sea el poder, más dominante será la cultura, de ahí que se haya definido este concepto como cultura dominante.  Por eso podemos observar como lógico que todos los dirigentes, de los distintos sistemas y épocas, hayan hecho uso de los distintos medios a su alcance para tal fin. Así, podemos observar como el arte, la numismática, los medios informativos y demás elementos han idealizado al dirigente de turno.

En esta ocasión el personaje que nos ocupa es Felipe II, monarca que va a ser muy consciente de la eficacia de las imágenes y de los signos gráficos en la comunicación humana, puesto que pueden ser amoldados a sus propias concepciones o interpretarlos de acuerdo con sus propios postulados. Es en esas connotaciones, que escapan de lo racional, donde se manifiesta principalmente la polisemia de las representaciones -mensajes diferentes pero compatibles-, pues se representa a la persona como si fuese parte constitutiva de ella.

Felipe II

Retrato ecuestre de Felipe II

El poder o la autoridad tienen su base, en su aceptación por una gran masa, de ahí la importancia de ser conocido. La exhibición persuade y convence de la realidad, de la existencia auténtica y cercana, de los modelos o estructuras que el espectador tiende a considerar inamovibles, permanentes, como parte de la naturaleza. Se trata de crear una imagen que sea recordada, que simbolice poder, que haga rememorar la idea sobre una autoridad omnipresente y omnipotente.

De esta manera, Felipe II se va a servir de las artes visuales, no solo para que el poder se haga reconocible en su vasto imperio, sino que hagan también funciones de exhibición y/o justificación. Las imágenes del poder vienen a sustituirlo, van a ser testigo de su existencia, ya que la reduplican y le dan prestigio, una omnipresencia al alcance de muy pocos. Además, las letras y las imágenes vencen la ausencia mediante una presencia renovada. El monarca intenta crear su imagen, a través del uso y dominio de las imágenes, para convertirse en el representante de la cristiandad y del Imperio, sirviéndose para ello de elementos como la imprenta, para llevar a cabo una propaganda política, elemento que le facilitará sus logros.

El poder le da suma importancia a la memoria, como modo de justificación o legitimación política, los historiadores y archiveros se convierten en los sacerdotes de la memoria, verdaderos artesanos de la gloria. En el caso de la sucesión portuguesa de 1580 se buscan documentos que legitimen y apoyen el derecho al trono –Capitulaciones del rey don Manuel-. Hay un uso intencionado del la Historia.

Felipe II

Felipe II representado con armadura

En la cuestión portuguesa, al uso intencionado de la Historia se le suma otro sinfín de elementos propagandísticos, que intentan convencer a los portugueses que no se trata de un «Portugal de Castilla», sino de dos reinos con un mismo rey –Diálogos philippinos. Se conoce y se convence a través de la imagen, de que Felipe II es el mejor pretendiente al trono portugués. La propaganda desplegada en Portugal promete convertir al país en el gran centro comercial de la península, aparte de trasladar el trono a Lisboa.

Este despliegue propagandístico va a tener también como escenario los Países Bajos. «Los rebeldes» sacarán manifiestos de su realidad, con libros y estampas, en las que Felipe II es presentado como aquel tirano cruel que quiere destruir las libertades de los Países Bajos. Por otra parte, el monarca español desarrollará su propaganda, intentando mostrar una imagen no tiránica y defensora de la verdadera religión y autoridad legítima. La idea de imperio sostenido a través de textos e imágenes, que provocan un fortalecimiento de su autoridad y de su presencia, pretende la homogeneización de sus súbditos.

 

El monarca se va a servir de la imagen y los textos siendo consciente del poder que poseen para configurar su imagen y legitimar un proyecto ambicioso, proyecto que quiere hacer inmortal junto con el de su memoria. Todo se debe a la importancia de los fundamentos ideológicos en un territorio amplio, difícil de cohesionar.

Felipe II  acaba concentrándose en si mismo, gustando cada vez más de apartarse de las gentes y convirtiéndose en un soberano misterioso y casi invisible. Su historia hablaba por él.

Publicado originalmente en | Qué Aprendemos Hoy

Vía |

  • Bouza, F. (1988) Imagen y propaganda. Capítulos de historia cultura del reinado de Felipe II. Akal edic., Madrid.
  • Ruiz Martín, F. (2003) La monarquía de Felipe II. Real Academia de la Historia, Madrid.

 

 

Imagen y propaganda. Felipe II

Philip_II

El poder siempre se ha servido de la propaganda para mostrar aspectos importantes, aspectos que servían para granjearse el apoyo de los súbditos. Cualquier medio que pudiese servir de vehículo para tales fines era útil. Los retratos, monedas, libros, palacios, etc, son muestras de poder, que ayudan a crear una imagen autoritaria y eficiente del poder respecto a su cargo y obligaciones. Felipe II será un monarca que haga pleno uso de la propaganda, para mostrarse, sobre todo en el ámbito portugués, como el rey cristiano, el que podía gobernar los tres reinos cristianos de la Península Ibérica.

La preservación de la memoria, por encima de la palabra, y más allá de las imágenes, acabó por tener su puntal más fuerte en la escritura, capaz de representar mejor la memoria en el espacio y en el tiempo. La imprenta se usó como propaganda política, pero también derivó en una progresiva falta de credibilidad en lo impreso. La memoria divina es la única capaz de conservarse por si misma, por eso los hombres han recibido el don divino de la escritura, para conocer lo pasado y lo futuro. La memoria es sustancialmente humana.

La sociedad experimenta en estos momentos un proceso de escriturarización, por lo que la escritura cada vez abarcará a más capas de la sociedad. Los nobles que escriben las líneas de sus cartas, o varias de ellas, y firman con su propio puño, lo hacen como señal de diferenciación. De aquí surge el ir creando archivos familiares y privados, son guardianes de la memoria. En el siglo XVII, un archivo ya se concibe como una fuente histórica, en la que se conserva la escritura, a diferencia de la tradición oral. Los historiadores y escritores utilizaban su profesión para encubrir y llenar de gloria al mejor postor, escribían favoreciendo por interés. Como decía el marqués de Villena, Felipe Juan Fernández Pacheco, “cuesta poco una carta y tal vez se granjea mucho más con ella que con grandes dávidas y más con gentes de letras”.

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El «presentismo» histórico, un error de análisis

pasado presente

A la hora de analizar un suceso histórico, tratamos de compararlo casi de forma inconsciente con la época que nos toca vivir. Es una reacción natural, que nos lleva a cometer errores en el análisis histórico, puesto que dejamos de lado el contexto en el que sucedieron los hechos.

Este error en el análisis se produce por una causa, tendemos a comparar cualquier estilo de vida, ya sea pasado o actual, con nuestro modo de vida occidental y contemporáneo. Esta visión anacrónica supone un estudio del pasado en términos del presente, ignorando así cualquier indagación en el contexto original.

Cuando una persona no estudiosa de la Historia realiza un juicio anacrónico, puede ser irrelevante, primero porque de verdad desconoce el contexto cultural en el que se formó el hecho juzgado; y segundo porque es casi improbable que su análisis “presentista” tenga transcendencia dentro del mundo académico. El problema se produce cuando provienen de historiadores de oficio.

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Pseudohistoria. La manipulación del conocimiento

La pseudohistoria es el falseamiento de las evidencias históricas con el fin de lograr un objetivo. Es una «disciplina» totalmente subjetiva, que sólo aparece como forma de legitimación política, o como una fuente inconmensurable de dinero.

En el lado opuesto se encuentra la Historia, que al igual que el resto de las ciencias, está asentada en unos métodos y teorías aceptadas en su conjunto. En estas disciplinas científicas, abundan de la misma manera hipótesis, las cuales pueden o no cambiar unos conceptos establecidos, originando un cambio de paradigma.

Como ciencia, la Historia está siempre en constante revisión, y es que, siempre busca la objetividad, dejando atrás trasfondos de otro tipo, tales como políticos o económicos.

Pseudohistoria, la manipulación de los hechos 

La pseudohistoria y la pseudociencia son corrientes de base moderna, puesto que empezaron a tener un mayor desarrollo a partir del siglo XIX, aunque con anterioridad también hubiese ideas pseudohistóricas y pseudocientíficas. Si bien nacen en el siglo XIX, es hoy en día cuando cuentan con mejores armas de difusión, puesto que como dice Ronald H. Fritze en su libro Conocimiento inventado. Falacias históricas, ciencia amañada y psuedo-religiones, «el sistema de propagación de los pseudohistoriadores y pseudocientíficos pone hoy en día al servicio de los charlatanes los recursos del cine, la televisión, la radio, las revistas e internet».

Historia frente a pseudohistoria

A la hora de distinguir entre Historia y pseudohistoria se nos presenta un problema, pues primero deberíamos poder ofrecer una definición clara de estas disciplinas, misión no siempre sencilla. A la hora de definir que es la Historia, posiblemente la definición más sencilla sería que se trata de una disciplina científica, por tanto objetiva, que busca estudiar el pasado del hombre, y que asienta sus bases en métodos, recursos e instrumentos contrastados.

vikingo

Representación de un guerrero vikingo, portando un casco con cuernos. Fuente

En cuanto a la pseudohistoria podemos ofrecer dos visiones: por un lado, la de los propios pseudohistoriadores, que definen a la misma como si de la Historia se tratase, un estudio objetivo del pasado del hombre. Por otro lado, una definición más seria, y que se ajusta más a la realidad, el falseamiento histórico para ponerlos al servicio de unos fines.

El estudio de la Historia, al igual que el resto de ciencias, requiere de unos profesionales, quienes tratan de desentrañar el pasado de la humanidad. Estos profesionales somos los historiadores, quienes, sin ideas preconcebidas, buscamos pruebas y las contrastamos. Así intentamos buscar una explicación objetiva para los sucesos históricos. En el lado opuesto tenemos a los otros «profesionales», los pseudohistoriadores, quienes,  partir de ideas preconcebidas, y sirviendo a unos intereses determinados, utilizan pruebas manipuladas, y las que no le son útiles para sus propósitos, son pasadas por alto.

Se puede observar como los pseudohistoriadores no distinguen entre mito y leyenda, confunden los términos de posibilidad y probabilidad, sus debates se centran en discutir los propios hechos y personajes históricos, y no en torno a las discrepancias de los hechos, debate que si llevan a cabo los historiadores de oficio. Aún así, los pseudohistoriadores se empeñan en afirmar que la pseudohistoria es «un relato verídico del pasado del hombre», hecho que solo se puede aplicar a la Historia.

La pseudohistoria, la Historia al servicio de los intereses

Es importante señalar un aspecto fundamental de la pseudohistoria, su uso como arma política, nacionalista y económica.  Esto provoca que se ponga la Historia al servicio de los intereses de unos pocos. Mediante el empleo de estas disciplinas, se intenta dar una visión completamente tergiversada de la realidad, con el único propósito de hacer llegar unos valores radicalizados. «La pesudohistoria se presta fácilmente a ser una herramienta del racismo, el fanatismo religioso y el extremismo nacionalista».

Como hemos señalado, la pseudohistoria se pone muy frecuentemente de lado de la política, y más concretamente junto a los nacionalismos. Así, la pseudohistoria, se ha alineado en incontables ocasiones con regímenes que buscaban medios para legitimarse. Por ejemplo, hay corrientes que niegan el Holocausto, suceso que ningún historiador con algo de rigor niega hoy en día.

La misma vertiente racista tiene la hipótesis del origen blanco de Norteamérica. Según esta hipótesis, los constructores de túmulos funerarios de América del Norte, fueron los primitivos pobladores del norte del país. Estos desaparecerían tras la presión y eliminación a las que fueron sometidos por los indios americanos. Curiosamente, este fue un argumento que se esgrimió como defensa del exterminio amerindio en el siglo XIX…

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Recreación de como sería la ciudad hundida de La Atlántida, piedra angular de la pseudohistoria. Fuente

Desviándonos de los intereses políticos de la pseudohistoria, nos topamos con que también es un importante recurso económico. Así, encontramos como el tema de la Atlántida se enriquece cada vez más con publicaciones sin ningún tipo de rigor científico ni histórico. Cientos de pseudohistoriadores, quienes argumentan que cuentan con fuentes documentadas y fiables, se enriquecen escribiendo sobre el tema. De sobra es sabido que no hay ninguna evidencia al respecto.

Los medios de masas, los aliados de la pseudohistoria

Como aliados de lujo para los pseudohistoriadores encontramos la televisión, el cine o los libros.

pseudohistoria

El Código Da Vinci, novela de Dan Brown, obra que muchos pseudohistoriadores toman como base de sus «investigaciones»

Desde estos medios de masas se exporta una idea ficticia, que consigue cuanto menos, crear una legión de fieles creyentes de esa nueva realidad.

Como ejemplo, podemos señala el libro El Código Da Vinci de Dan Brown. Esta obra de ficción, en la que el autor no ha puesto ninguna intencionalidad histórica, dicho sea de paso, ha servido para que surjan nuevos argumentos para evidenciar el supuesto linaje perdido de Jesús de Nazaret y María Magdalena.

En el cine y la televisión también se han propagado ideas pseudohistóricas, tales como los esclavos egipcios que se encargaban de la construcción de pirámides; vikingos portadores de cascos con cuernos; arqueólogos que buscan calaveras de cristal. Y así una lista, que se alarga más de lo deseado.

Conclusión

A modo de conclusión, podemos observar como la Historia, una disciplina imprescindible para el conocimiento humano, se puede convertir en un arma de doble filo cuando cae en manos de fanáticos.

Hoy en día, a diferencia de siglos anteriores, hay disciplinas y métodos que nos sirven para discernir que sucesos podemos catalogar como históricos, y cuales no. Pero, para ello hay que utilizar las pruebas sin percepciones preconcebidas. También hay que usar todas las pruebas, incluso las que nos separan del camino que seguimos, pues sólo así dotaremos a la Historia de un carácter objetivo.

La pseudohistoria, lejos de servir como herramienta divulgativa rigurosa, fomenta la expansión de ideas erróneas y alimenta los argumentos extremos de quienes persiguen un fin poco legítimo.

Vía:

  • H. FRITZE, RONALD, Conocimiento inventado. Falacias históricas, ciencia amañada y pseudo-religiones, Madrid, Turner Publicaciones S. L, 2010,