La vida en el mar a finales del siglo XV (III)

Tratado de Tordesillas

Tratado de Tordesillas

Hoy llegamos a la tercera y última parte de esta serie de posts, dedicados a la vida en el mar a finales del siglo XV. Esta tercera entrega trata sobre la calamitosa vida a bordo de las embarcaciones durante los viajes al Nuevo Mundo.

La vida a bordo

El embarque entrañaba, para el marino y para el simple viajero, penetrar en un mundo incómodo y estrecho, en el que a la sensación de sostenerse sobre una plataforma resbalosa e inestable y sometida a cabezadas, se sumaba el tener que desplazarse torpemente bajo cubierta agachado para evitar golpearse con los baos, dormir en cualquier parte sobre unas mantas, ya que aún no existían los coys, y aspirar permanentemente unos humores pútridos que subían de la sentina. Todo ello en las mejores circunstancias de bonanza.

Embarcar suponía entrar y formar parte de la dotación de la máquina más sofisticada y compleja de la época. Un mundo que en si garantiza trabajo duro para todos, acompañado con voces peculiares de acción respondidas por otras, y cantos colectivos tradicionales y rítmicos para aunar el esfuerzo de los marineros en las faenas.

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La vida en el mar a finales del siglo XV (II)

Tratado de Tordesillas

Tratado de Tordesillas

Continuamos con la serie de publicaciones en los que hablamos de la parte menos conocida del Descubrimiento de 1492, la vida en el mar. Si en la primera parte hablamos de la cuna del Descubrimiento, ahora le toca el turno al mito que giraba en torno al mar en el siglo XV, así como a la ciencia que hizo posible dicho viaje.

Mito y ciencia

Los hombres del Descubrimiento pertenecían mayoritariamente a un ámbito geográfico concreto, que sin embargo compartía arte de marear, aficiones, creencias y supersticiones con los marineros contemporáneos de otras latitudes. Muchos de estos mitos servían para llenar el vacío del desconocimiento.

Mucho más que a monstruos o cataclismos, lo que temían los compañeros de Colón era alejarse tanto que no pudieran regresar por no poder contar con vientos propicios para el tornaviaje.

Donde la imaginación jugaba las peores y más peligrosas pasadas a los marinos, era en los espejismos y falsas apariencias de islas inexistentes, que luego se reflejan en una cartografía mítica que situaba, junto a las reales, la isla de Antilla.

Muchos errores no eran absurdos. En el siglo XV se estudiaba la “Geographia” de Claudio Ptolomeo y sus mapas gozaban de gran prestigio, pero este geógrafo y cartógrafo, conocía bien todo el Mediterráneo, Europa y la costa norte de África, así como un poco de Persia, Arabia y la India; pero lo que había más allá lo desconocía y suplió su ignorancia con el trazado de costas hipotéticas, extendiendo el continente asiático desmesuradamente hacia el este y aproximándolo consecuentemente a Europa. Algunos le creyeron, entre ellos Colón, y este dato, junto con la errónea idea del tamaño de la Tierra le hicieron confiar en que su empresa de llegar a Asia desde el Oeste era factible.

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La vida en el mar a finales del siglo XV (I)

Tratado de Tordesillas

Tratado de Tordesillas

Uno de los temas históricos más conocidos, es el del Descubrimiento de América en 1492. Cristóbal Colón es el actor clave de dicho acontecimiento. Personaje enigmático, de dudosa procedencia, que marcó un gran hito, aunque lo ignorase hasta el final de sus días.

Pero realmente, ¿Colón hubiese podido realizar esta hazaña, sin los instrumentos de navegación, sin los marineros que hacían el trabajo duro, o sin esa parte de suerte que tuvo en el trayecto?

En esta serie de publicaciones, basados en el libro «Colón en el mundo que le tocó vivir«, hablaremos de los aspectos menos conocidos de este hito histórico, así como de los protagonistas que han quedado relegados a la sombra.

La cuna y cantera del Descubrimiento

El despertar de Castilla a la navegación atlántico-africana se produce a partir de mediados del siglo XV. Los puertos andaluces de este océano continuarán en este cometido hasta el momento finisecular de sentirse atraídos por un imán mucho más fuerte: el mundo americano, consecuencia casi inmediata de su descubrimiento.

La práctica de la nueva navegación, y la adopción de nuevos tipos de barcos y de técnicas marineras acordes con las exigencias del medio, se desarrolla en la Andalucía atlántica, como consecuencia de la competencia con Portugal por el tráfico mercantil con atrasadas comunidades litorales africanas, que aún practican el poco equitativo trueque de abalorios y quincallería, por los dos mayores bienes del momento: oro y esclavos.

LéemeLa vida en el mar a finales del siglo XV (I)

El posmodernismo, la ruptura de la historia

En la década de los setenta del siglo XX podemos observar el nacimiento de una nueva corriente historiográfica, el posmodernismo, la cual va a romper con los modelos historiográficos anteriormente establecidos (Annales, Marxismo, Cliometría), produciéndose así un cambio de paradigma dentro de la historiografía.

Hasta los años setenta, el paradigma estructural y cuantitativista propugnado por la escuela de Annales era indiscutido. El nuevo paradigma va a hacer primar la comprensión sobre la explicación, lo particular sobre lo general, lo «micro» sobre lo «macro».

El origen del posmodernismo lo podemos situar en Hispanoamérica, en el ámbito de la literatura, ámbito donde se va a iniciar la deflagración que de forma progresiva va a alcanzar otros campos, aparte de que en la literatura ya se observan algunas de las características de la razón posmoderna.

Como dice José Luis Rodríguez García en su Crítica de la razón posmoderna, la razón posmoderna se presenta como «un proceso reactivo que apela al subjetivismo y que supera el estricto campo literario-poético». La razón posmoderna sería la traducción neoconservadora y antiilustrada frente a la que sería preciso esgrimir la fortaleza de una modernidad recuperada.

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El oficio del historiador y las responsabilidades de la Historia

La evolución de la historiografía

La historiografía, principal fuente para el historiador como medio de conocimiento del pasado, ha experimentado una evolución, desde que en el siglo XIX la Historia se conformase como una disciplina científica. Es en este siglo cuando aparece el historicismo alemán, basado en los acontecimientos políticos y militares. Esta historiografía sirvió a los poderes políticos como forma de propaganda y legitimación -Alemania se encontraba inmersa en el proceso unificador-. En el siglo XX surge la escuela de Annales, que propugna hacer de la Historia una ciencia social, hacer de ella una sociología del pasado. En esta escuela historiográfica, lo fundamental se encuentra en el proceso de formación de las sociedades, restándole así importancia a los acontecimientos del historicismo alemán.

Sabiendo cual ha sido la evolución de la historiografía desde el siglo XIX, es necesario saber como el historiador hace uso de ella, cuáles son sus herramientas y métodos de trabajo, así como su capacidad crítica para la conformación de una disciplina que sirva para la formación de las sociedades tanto presentes como futuras, a raíz del conocimiento crítico de las sociedades pasadas. Enrique Moradiellos define la Historia como una disciplina que forma parte de la “República de las Ciencias”[1], puesto que como disciplina científica se encarga de construir verdades, pero habría que incluirla dentro de las Ciencias Humanas, constituida dentro de esta rama desde el siglo XIX. Afirma también que el objeto del estudio del historiador no debe ser el pasado, ya que no se puede conocer porque no existe, el tiempo es finito, no puede haber conocimiento científico de algo que no tiene presencia, por lo cual lo que hay que estudiar y analizar son las “reliquias del pasado”, restos y vestigios de ese pasado que perviven en el presente, porque dicho conocimiento necesita una base material y tangible. Estas “reliquias” primero han de ser descubiertas e investigadas, para luego analizar y explicar un suceso con el que se hayan relacionadas de forma directa.

Cuando se produce la aparición de las teorías postmodernas tras el giro lingüístico, un vacío se apodera de la disciplina histórica. Así la aparición de nuevas propuestas como la microhistoria, el retorno de la narrativa, historia postcolonial, etc., vienen a sustituir al historicismo alemán, a la historia social británica y a la escuela de Annales. Para los postmodernos el objeto de la historia pasa a ser, además del pasado, el discurso de que la narración del pasado produce. Esto conllevó a que muchos historiadores se olvidasen del análisis de la realidad del pasado, ante lo cual Fontana reclama que la Historia no puede quedarse sólo en el análisis del discurso y alejarse de la realidad, pues perdería su función social. Julián Casanova propone concebir la Historia como medio de interacción entre hechos, teoría y distintas disciplinas que los abordan.[2] Esta idea es un intento de continuar con la línea de colaboración entre diferentes disciplinas como la que tuvo lugar entre la historia social y la sociología, se opone al dogmatismo a favor de una libertad que permita al historiador conocer la validez de sus hipótesis a través del conocimiento, la imaginación y un sistema de pensamiento, descubriendo así los modelos de estudio que más le favorezcan.

Para Moradiellos la Historia tiene una función social y cultural, porque nos permite crear una conciencia de un pasado colectivo, objeto clave para las sociedades en el presente.[3] Las ciencias históricas tienen una función social y cultural de primera importancia.

El historiador debe intervenir en la memoria colectiva trabajando en la narración del pasado y en la creación de un porvenir. El presente, no el pasado, ha de situarse en el centro de las preocupaciones. El presente es donde se debe desarrollar la capacidad de razonar, cuestionar y criticar con el fin de que sirva a la humanidad para plantear la Historia como un arma para afrontar el futuro. El historiador debe aparecer como el encargado de dotar de un sentido crítico a la sociedad, y de un conocimiento práctico que le permita el entendimiento de esta materia para que pueda abordar el pasado colectivo en una mayor igualdad de condiciones. Por lo tanto la tarea del historiador debe ser la construcción de un pasado histórico en forma de relato narrativo a partir de las “reliquias del pasado”, para dotar a la sociedad de una mayor capacidad crítica con la cual afrontar su futuro.

A pesar de que la Historia ha sufrido cambios a lo largo de los últimos siglos (desde el historicismo alemán del siglo XIX,) y más concretamente en las últimas décadas (cuando surge una nueva corriente, que frente a la historia social aboga por volver a la historia narrativa), el historiador se encuentra apartado de la Historia puesto que su discurso no acompaña a la realidad del tiempo en el que vive.

Esta crisis de la Historia se ha debido en parte a la historia social, puesto que está rechazando el estudio de la política, resta importancia a la dimensión humana a través de los tiempos, hecho fundamental para poder abarcar un conocimiento del pasado para afrontar un futuro con capacidad crítica. Es necesario conocer la plenitud de la dimensión humana, tanto pasada como presente, para construir el futuro. Esta necesidad es pasada por alto en la historia social, puesto que como menciona Tony Judt, los historiadores sociales son incapaces de proporcionar una explicación rigurosa y útil de las revoluciones.

Es necesario fomentar un espíritu crítico y social en el conjunto de individuos para que sean capaces de interpretar por si mismos el discurso sobre el pasado, así como ser conscientes de la metodología que conduce al conocimiento de ese pasado. Es necesario potenciar la interdisciplinariedad en los estudios históricos, con el fin de contribuir a crear una sociedad más crítica y consciente. En este panorama aparecería el historiador como el abanderado para dotar a la sociedad de un sentido crítico con el que abordar el futuro.

El historiador debe tomar, como parte del  estudio de la Historia, cualquier disciplina de las ciencias sociales, que le permita conocer con un sentido más crítico, y de una manera más completa, ya sea analizando las “reliquias del pasado”, los acontecimientos políticos del pasado, o mediante la sociología, el pasado como elemento constructivo de las sociedades presentes y futuras. Un conocimiento sesgado de esa realidad histórica pretérita provoca una falta de crítica tanto en la sociedad, que se ve incapaz de analizar los acontecimientos de los cuales forma parte, como del historiador, ya que no se puede presentar como el “ilustrador” del pasado, si hay conocimientos que ha pasado por alto.

Por lo tanto, el historiador debe ser capaz de construir una Historia crítica, haciendo uso de la evolución que ha experimentado la historiografía, llegando a la conclusión, de que no se puede centrar el estudio sólo en la historia de los acontecimientos políticos, ni sólo en el estudio de la historia social, sino que lo más aconsejable es adoptar y combinar cualquier disciplina, aunque no forme parte de la Historia, que ayude a entender y agrandar el conocimiento del pasado. No hay razón para descartar la psicología o la sociología, puesto que forman parte de la gran familia que son las ciencias sociales, en la cual se encuentra nuestra disciplina, la Historia.

 

[1] Moradiellos, E. El oficio de historiador. Siglo XXI, Madrid, 2008 (6ª edición).

[2] Casanova, J. La historia social y los historiadores: ¿Cenicienta o princesa? Crítica, Barcelona, 2003.

 

[3] Moradiellos, E. El oficio de historiador. Siglo XXI, Madrid, 2008 (6ª edición).