Servidumbre en la Edad Media

A lo largo de la Edad Media, la configuración social conocida durante el Imperio romano fue cambiando de manera paulatina. La pérdidas de funciones de las ciudades condujo a que se ruralizase la vida. El cambio de la ciudad por el campo, conllevó a que se conformase un nuevo orden social. Con las fronteras del Imperio desguarnecidas, los pueblos germanos se instalaron dentro del mismo. Con estos pueblos se produjo un cambio progresivo de la esclavitud por la servidumbre.

De esta manera, el estatus jurídico del esclavo se fue cambiando poco a poco por el de siervo. Si bien es cierto que en zonas más romanizadas, la esclavitud perduró durante más tiempo. No obstante, la servidumbre se implantó en la mayor parte de Europa, relegando así la esclavitud.

Servidumbre, el hombre libre sin libertad

La esclavitud era un estatus jurídico en el que la persona carecía completamente de libertad. Considerados herramientas u objetos, los esclavos eran plena propiedad del señor. Por contra, en teoría, y solo en teoría, la servidumbre se caracterizaba por ser una condición libre. El siervo, como cualquier persona libre, podía tener propiedades, libertad de movimiento, no legar su condición a sus herederos, etc.

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Siervos labrando la tierra bajo las órdenes del señor.

Decimos que en teoría, pues la servidumbre se caracterizó por la sumisión jurídica total hacía el señor. Tan difusa era la libertad del pueblo llano, que esclavos, siervos y colonos fueron una masa poco diferenciada de personas. Pues todas se encontraban sometidas siempre a una minoría gobernante. Sólo una cosa diferenciaba al esclavo del siervo, que el segundo si era considerado una persona, y no una herramienta como en el caso del esclavo.

Esta falta de definición jurídico-social se debía a que, al menos hasta el siglo X, Europa solo distinguía, a nivel jurídico, dos tipos de hombres. A un lado, los hombres libres (liberi, ingenui), al otro, los no libres (mancipia, servi, ancillae). De este modo, siempre que hubiese algún tipo de dependencia, la jurisdicción entraba en un planteamiento un tanto turbio.

El arraigo de la servidumbre

Que las ciudades, con la crisis del Imperio romano, perdieran muchas de sus funciones, brindó a los terratenientes una oportunidad única de hacerse con el poder jurídico-administrativo. La aristocracia, dueña de los nuevos grandes latifundios, fuer acumulando nuevas funciones sobre sus dependientes directos: esclavos, siervos y colonos. De esta manera, era ya competencia directa del señor del latifundio las funciones jurídicas, fiscales y militares.

El arraigo de la vida rural llevó a muchos habitantes de la ciudad a ponerse bajo la protección de grandes terratenientes. Esto, sumado a las nuevas funciones adquiridas por estos últimos, fue conformando la nueva estructura social que se generalizaría con el feudalismo. Surgió así una servidumbre campesina al servicio de la aristocracia terrateniente.

Campesinos durante la vendimia.

Pero la servidumbre no solo se alimentó de personas que de forma voluntaria, se ponían bajo la protección de un señor. Fue a través de diferentes vías como se fue ampliando la gran masa de siervos. Entre otras, la guerra, la procreación, el matrimonio entre libres y no libres, o las condenas judiciales. Diferentes vías que llevaban a un mismo fin, la servidumbre.

La Iglesia frente a la servidumbre

Hablar sobre la Edad Media, es hablar de una sociedad totalmente acomplejada por la religión católica. La Iglesia durante este periodo se erigió como la cabeza de la sociedad. La fe católica sentó doctrina sobre el paso del hombre por el tortuoso camino terrenal. A ojos de la Iglesia, el hombre llano nacía para servir. Tal fue el influjo católico, que el hombre del medievo se consideraba así mismo como un «homo viator». Es decir, un peregrino puesto por Dios, cuya función era única y exclusivamente cumplir un papel concreto, trabajar y servir.

El círculo cercano de Anselmo de Laón, uno de los principales teólogos de la Edad Media, se expresaba así sobre la servidumbre:

La servidumbre está ordenada por Dios, bien a causa de los pecados de los que se convierten en siervos, o como prueba, a fin de que los así humillados se hagan mejores. Porque la servidumbre es de gran ayuda a la religión para proteger la humildad, que es el guardián de todas las virtudes; y parecería orgullo que cualquiera quisiera cambiar esta condición que le ha sido dada con buenos motivos por mandato divino.¹

Así, Dios mediante, quedaba legitimada la servidumbre a ojos de la sociedad medieval. Por un lado se legitimaba la condición servil, pues era mandato divino. Por otro, quedaba justificado que el hombre que había nacido siervo, muriese siervo. No era competencia del hombre decidir su propio destino.

La servidumbre en la realidad social del medievo

Más allá de la doctrina católica sobre la servidumbre, la visión terrenal de la sociedad medieval iba más allá de la simple subordinación divina.

Miniatura medieval representando la sociedad tripartita.

En principio, la libertad del hombre no era susceptible de ser usurpada. A la hora de la verdad, un simple acto de sumisión podía comprometer para siempre la libertad del implicado y su familia. Esta realidad se tradujo, en una infinidad de hombres arrojados a la servidumbre a lo largo de la Edad Media. Aunque ya a partir del siglo XIII solo eran siervos quienes descendían de siervos. No obstante, fue una condición social y jurídica bastante importante a los largo del periodo medieval.

Ya hemos mencionado que el hombre del medievo se consideraba a si mismo como un «homo viator». La realidad era que ser reducido a la condición de siervo, era un estado degradante para cualquier persona. Por mucho que el hombre soñase con expiar los pecados y llegar al reino de los cielos, el camino terrenal siendo siervo no era un camino de rosas. Por muy asentada y asumida que estuviese la sociedad jerárquica, toda persona aspiraba a no cruzar nunca la línea que separaba la libertad de la servidumbre.

Nada hay que conmueva tanto los corazones de los hombres y les incite a honrosas acciones como la alegría de la libertad, y nada que tanto les desaliente y deprima como la opresión de la servidumbre.²

Aparte de la degradación que suponía ser siervo, había que sumar otra circunstancia, que no hacía sino más que agravar la propia condición de la servidumbre. Los siervos vivía completamente a merced de la arbitrariedad del señor. Ser gobernado por la propia voluntad del señor, en vez de por la ley, recrudecía de manera significativa la vida de la servidumbre medieval. Era más temida y odiada la propia arbitrariedad que la subordinación.

Aunque más allá de la arbitrariedad, de la privación de libertades, y de la deshonra de ser siervo, la servidumbre, aportaba una relación beneficiosa en ambas direcciones. Por un lado, el señor se aseguraba, por tiempo indefinido, de mano de obra. Esto era así, porque tanto el propio siervo, como su familia, serían siempre siervos del señor. Por otro lado, la propia familia, se beneficiaba de un pago, de tierras que explotar, así como protección ante cualquier amenaza exterior.

Tras la pérdida de las tierras por parte de los colonos con la crisis del Imperio romano, y la recuperación de estas por parte de los grandes señores, se fue conformando una muy importante condición social y jurídica: la servidumbre. Transcendental en el desarrollo económico medieval, se vio bastamente favorecida, e incluso legitimada por la Iglesia. No obstante con el siglo XIII llegó su declive. En esta centuria, ya solo permanecerían en la servidumbre quienes eran descendientes de siervos.

 

Vía:

  • GARCÍA DE CORTÁZAR, J. A.; SESMA MUÑOZ, J. A. Manual de Historia Medieval, Madrid, Alianza Editorial, 2014.
  • RODRÍGUEZ, G. (Dir.). Manual de Historia Medieval: siglos III al XV, Grupo de Investigación y Estudios Medievales: Universidad Nacional de Mar del Plata, 2015.
  • SOUTHERN, R. W. La formación de la Edad Media, Madrid, Alianza Editorial, 1981.

Citas:

  • 1: Fragmento teológico de la escuela de Anselmo de Laón, citado en SOUTHERN, R. W. Op. cit. pg. 111.
  • 2: Giraldus Cambrensis, De Principis Instructione, citado en SOUTHERN, R. W. Op. cit. pg. 114.

 

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Ascendencia social en la Edad Moderna

En el periodo moderno nos encontramos con una sociedad tripartita, heredera de la Edad Media: nobles, eclesiásticos y un heterogéneo Tercer Estado, aunque surgirán algunas peculiaridades fruto de las circunstancias históricas, que van a producir un cambio de valores: guerras de descubrimiento, enriquecimiento súbito de una parte de la población, promoción por el estudio, educación del Renacimiento, ideología de la Contrarreforma, burocracia, etc.

El concepto de movilidad social, a través de diferentes mecanismos, va a permitir la perpetuación del sistema, que gracias a ellos se está adaptando a nuevas realidades políticas y económicas. El Tercer Estado carece de conciencia de grupo, tiene como meta final alcanzar el estamento noble. Esta penetración en el estamento privilegiado no afecta por tanto al ideal nobiliario, y no hace otra cosa más, que fortalecer el sistema. Por otro lado, el sistema político debía apoyarse en una jerarquía social adecuada y en una red de servidores (burócratas, financieros, letrados) que van tomando el relevo o ampliando las filas de la aristocracia feudal, para formar lo que será la monarquía absoluta.

La organización social descansaba en tres principios. El nacimiento, el estado y la riqueza. A esos tres principios, la sociedad española agregó un cuarto, la limpieza de sangre. Se pertenece a un grupo por nacimiento, aunque también influirá ser eclesiástico o laico.

El factor que alteró con más fuerza las categorías sociales, oficialmente reconocidas, fue la riqueza, que se abrirá

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Escritura de la fundación del mayorazgo de Alburquerque

paso con gran fuerza, moldeando un nuevo tipo de relaciones entre los hombres El Quijote, Sancho: «dos linajes solo hay en el mundo, el tener y el no tener». La ocupación también determinará el puesto social, el mando es un factor de superioridad, no pocos miembros del Tercer Estado accedieron hacia la nobleza comprando cargos municipales, introduciéndose en la alta burocracia del Estado o accediendo a la categoría de señor de vasallos, mediante la compra de algún lugar. Las tentativas gubernamentales que pretendían congelar unas situaciones más teóricas que reales, estaban destinadas al fracaso en una sociedad muy dinámica, con muchas oportunidades de promoción, con una acusada capilaridad, como la que el propio Estado favoreció con las ventas de cargos, empleos y títulos honoríficos, con lo cual destruía su papel de guardián del orden establecido.

Dentro de la nobleza hay una fuerte jerarquización interna. Los hombres llanos aspiraban a ser hidalgos por vanidad y por las ventajas legales y reales que suponía el cambio de estado. La Real Hacienda pensó aprovechar esta apetencia vendiendo hidalguías, aunque se consideraba de segundo grado y era más satisfactorio procurarse testigos favorables, manipular escrituras, cambiar apellidos, etc. Como se plasma en la obra de Calderón El Alcalde de Zalamea: «¿hay alguien que no sepa que yo soy, si bien de limpio linaje, hombre llano? La gente diría que soy noble por cinco o seis mil reales y eso es dinero y no es honra, que honra no la compra nadie».

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Miniatura representando a Carlos I en una ejecutoría de hidalguía

Los 60 títulos de Castilla que había con Carlos V pasaron a 152 con Felipe III. Esta nueva nobleza fue, en un principio, admitida con recelo, luego, por el juego de las alianzas matrimoniales, fue aceptada como igual por la antigua. La multiplicación de los títulos fue haciéndolos cada vez menos apetecibles. Los linajes más distinguidos pusieron todo su empeño en lograr la Grandeza, el rango superior. Sin embargo no pudieron impedir que en sus filas fueran también filtrándose advenedizos y hasta se vendieron algunas grandezas por dinero. Las instituciones conectadas con la nobleza eran el señorío, el mayorazgo y las órdenes militares. El mayorazgo era una institución medieval, que resultó más accesible desde que las Cortes de Toro (1505) establecieron una normativa muy abierta, como si quisieran facilitar el acceso a los que, sin ser nobles, quisieran seguir las reglas de la vida nobiliar: un nivel de vida decoroso, no procedente de un trabajo manual o asalariado, y continuidad de un patrimonio que asegurase la categoría de la familia durante un periodo indefinido de tiempo.

Como conclusión, podemos decir que parte de la burguesía, aprovechará la coyuntura económica para enriquecerse, y la falta de conciencia de grupo la llevará a querer formar parte de la nobleza, dando lugar a una movilidad social ascendente, que utiliza diversos métodos como la compra de cargos, oficios o matrimonios, en los inicios del capitalismo. Son las propias grietas del sistema, las que van a permitir su regeneración, adaptándola a nuevas circunstancias «el más importante hombre de negocios de Castilla la Vieja no quería ser mercader sino caballero». Todo esto va a originar que en el periodo moderno se produzca un fortalecimiento de la idea de linaje, como parte de una preocupación creciente por asentar una sociedad ordenada y una política estable.

Publicado originalmente en | Qué Aprendemos Hoy

Vía |

  • Casey, James (2001): España en la Edad Moderna: una historia social. Editorial Biblioteca Nueva, Madrid.
  • Domínguez Ortiz, Antonio (1999): El Antiguo Régimen: Los Reyes Católicos y los Austrias. Alianza Editorial, Madrid.
  • Soria Mesa, Enrique (2007): La nobleza en la España moderna. Cambio y continuidad. Marcial Pons Editorial, Madrid.

Demografía en la Europa bajomedieval

Entre los siglos XIV y XV se produce el desgaste de las estructuras materiales y mentales formadas los siglos anteriores, lo que a su vez provoca que se origine el puente hacia la «Modernidad», claro está, tras la recuperación progresiva de esta crisis. En estos dos siglos podemos ver una crisis global (en cuanto a ámbitos nos referimos): política, con la famosa «Guerra de los Cien Años» (o mejor dicho, de los 116); espiritual, Cisma de Occidente, conciliarismo, etc.; y por último, la que nos atañe en este especial, las vertientes económica y social. Citando a Henri Pirenne: «Se puede considerar el principio del siglo XIV como el término del periodo de la expansión de la economía medieval».

GUERRAS, HAMBRE Y PESTE

El hambre, la peste y la guerra constituyeron hechos catastróficos, para una demografía europea especialmente sensible a todo tipo de embestidas. Aunque si bien es cierto que no fueron fenómenos novedosos, si lo fue la intensidad con la que se manifestaron en estos dos siglos. Se calcula que, entre 1347 y 1350, Europa pierde un tercio de la población con la que contaba a principios de siglo.

Respecto a las condiciones que llevaron a esta crisis demográfica, la crisis de subsistencias, será la primera en hacer acto de presencia en el panorama bajomedieval. Esta aparece debido a una serie de accidentes climáticos, en los primeros años del XIV. Dichos cambios incidieron de forma estrepitosa en la producción cerealista, base de la alimentación medieval. Los efectos más sensibles se dejaron notar en el medio urbano, donde aparece una auténtica obsesión por el abastecimiento, y entre las capas más humildes del campesinado. A dichos cambios climáticos, debemos unir otro factor, el agotamiento de los suelos más fructíferos, debido a prácticas agrícolas demasiados rudimentarias, por lo que las roturaciones se agotan, o solo pueden ser aplicadas a tierras abandonadas por su mala calidad. A su vez, las parcelas se empiezan a dividir entre multitud de herederos, lo que conlleva a que estos sean incapaces de mantener a sus familias, lo que desemboca por último en una reducción de la natalidad.

Campesinos arando bajo el yugo del señor

Ante estos síntomas, es sólo cuestión de tiempo la inevitable la (re)aparición de las hambrunas, solo presentes anteriormente en Occidente de manera local. Así podemos ver una primera gran hambruna entre 1315 y 1317 en la  Europa del noroeste. Las ciudades flamencas se van a ver duramente afectadas por esta hambruna, donde por ejemplo, la ciudad de Ypres, va a perder el 10% de su población en menos de seis meses. En la Europa del sur, los síntomas se van a dejar notar a partir de 1330.

El segundo factor, la guerra, debe ser analizada como un factor familiar dentro de la vida medieval, la novedad en esta crisis, es la continuidad con la que aparecen los conflictos armados. La guerra aparece en todos los estados de la Europa Occidental, guerra que se torna cada vez más devastadora, puesto que acabada una campaña, se inicia casi de inmediato una nueva. A la continuidad, hay que sumarle otro factor, los soldados la adoptan como una forma de vida, por lo que están interesados en que la misma se alargue lo máximo posible en el tiempo.

Es un nuevo oficio el de soldado, pero un oficio mal retribuido por los señores, lo que conlleva a los cultivos sean devastados, se arrase con el ganado, a la vez que la búsqueda de botín quede todo esquilmado. En este aspecto, los que más sufrieron las guerras podemos decir que fueron los grandes señores rurales, por el hecho de que las urbes estaban bien defendidas mediante tropas y murallas, y el campesinado se refugiaba en los bosques a la espera del fin del conflicto, aparte de que asumían pocas pérdidas, al tener un instrumental primitivo, y por lo tanto de fácil arreglo, y pocas o ninguna pertenencia que defender. Así, las grandes residencias señoriales fueron las más expuestas debido a sus grandes riquezas, con todo lo que llevaba anexado como sus molinos, hornos, cercados y vergeles.

Batalla de la Guerra de los Cien Años

En medio de este panorama bélico, podemos ver como afectó al occidente europeo. Alemania e Italia se mantuvieron casi permanentemente en estado de anarquía y guerra civil hasta bien entrado el Cuatrocientos. La «Guerra de los Cien Años»agotó Inglaterra y arruinó amplias regiones de Francia, a su vez en este conflicto, se injertaron otras luchas anexas en Flandes, Escocia, Castilla y Bretaña.

El último factor, pero más dañino para la población desnutrida europea, fue la peste negra. Esta epidemia llegó a través delMediterráneo, transportada por marineros genoveses procedentes de la colonia de Caffa, Crimea. Si bien esta enfermedad no era desconocida para Occidente, en esta ocasión se tornó más catastrófica, al actuar sobre una población debilitada. Bocaccio nos ofrece una imagen de la misma en las primeras páginas del Decamerón: la enfermedad se manifestaba con la aparición de unos bulbos en ingles y axilas «que la gente vulgar llamaba bubas y podían adquirir el tamaño de una manzana», y como «para curar tal enfermedad no parecían servir consejos de médicos ni mérito de medicina alguna […] pues al tercer día de la aparición de los sobredichos signos los enfermos morían sin fiebre alguna ni otro accidente».

Pasada la primera embestida de la enfermedad (1348-1349) y ya extendida por todo Occidente, la peste se deja sentir de forma esporádica en diversas regiones cada diez o veinte años, acompañada a su vez por otras enfermedades contagiosas como tifus o cólera.

El triunfo de la muerte. Representación del panorama que dejó la Peste Negra

Ante este panorama, la situación es plenamente apocalíptica. Los cadáveres se amontonan en las calles, hecho que aumentaba de forma considerable la posibilidad de contagio, por lo que es imposible dar sepultura a todos los fallecido. Esta situación provoca que los cadáveres tengan que ser enterrados en fosas comunes, solo tapados por una fina capa de cal, con toda celeridad y ante la falta del debido rito para el descanso de las almas.

Las consecuencias tan calamitosas de estos dos siglo actúan como «germen» para la «Modernidad». Se buscan nuevas técnicas y métodos agrícolas y mercantiles; la guerra se especializa cada vez se encuentra más especializada; y la crisis de la fe provoca que la mentalidad bascule desde el trágico teocentrismo, hacia la reivindicación del homocentrismo.

 

Vía |

  • Duby, George, Economia rural y vida campesina en el occidente medieval. La mutación del siglo XIV (Libro cuarto), Atalaya, 1999.
  • Oakley, Francis, Los siglos decisivos: la experiencia medieval, Madrid, Alianza Editorial, 1995.
  • Vincent, Catherine, Breve historia del Occidente medieval, Madrid, Alianza Editorial, 2001.

Publicado originalmente por La Historia Heredada en | Que Aprendemos Hoy: La crisis Bajomedieval en los siglos XIV y XV (Demografía)

Imagen | Campesino arando – Guerra de los Cien Años – El triunfo de la muerte

 

El cambio en la indumentaria durante la Baja Edad Media

Durante los últimos siglos del Medievo, a raíz de una serie de transformaciones, se produjo un cambio de mentalidad a gran escala que se reflejó en muchos aspectos de la vida cotidiana de las gentes que vivieron en la Baja Edad Media. Fue especialmente evidente en la indumentaria que caracterizaba a cada uno de los diferentes estamentos, ya que a pesar de que la vestimenta siguió siendo un símbolo que denotaba la situación socio-económica de aquellos que la portaban, a partir del siglo XIV los ropajes adquirieron una connotación totalmente distinta a la que había tenido hasta el momento. ¿Qué fue aquello que produjo este cambio? ¿En qué consistió?

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El cambio en la vestimenta medieval fue perceptible especialmente entre la aristocracia y la alta burguesía. Las gentes más humildes siguieron usando indumentaria de colores naturales y tejidos pobres pero fáciles de conseguir.

Durante la Alta Edad Media la indumentaria había experimentado un cambio muy tenue. Los estamentos privilegiados eran los que apostaban por una vestimenta opulenta, rica en detalles y en adornos. Los monarcas usaban una indumentaria notoriamente lujosa, en donde eran habituales las telas de seda importadas (en esencia de color dorado o púrpura) con brocados de plata y oro, joyas deslumbrantes, forros preciosos y pieles de armiño, ardilla y zorro. La nobleza, dentro de sus posibilidades, se vestía con atuendos similares a los empleados por los reyes medievales: las pieles, las sedas, los ricos tejidos teñidos de rojo y azul, las perlas y los guantes perfumados fueron ganando cada vez más protagonismo. En contraposición a los privilegiados, el estamento menos favorecido vestía comúnmente de manera más humilde, empleando tejidos mucho más básicos que buscaban, en esencia, cubrir el cuerpo y obtener libertad de movimiento para los duros trabajos a los que dedicaban casi la totalidad de su tiempo. Las camisas y camisones sin color, los zuecos, cofias, las sayas y algunos abrigos eran, por lo general, habituales entre artesanos y criados, mientras que campesinos y pastores solían vestir con ropajes cortos, empobrecidos, con grandes sombreros o capas con capucha para protegerse de las inclemencias climáticas.

A partir del siglo XIV, y gracias al impacto del Humanismo, la indumentaria de hombres y mujeres, en esencia de los estamentos más pudientes y privilegiados, cambió. Favorecidos por una corriente de pensamiento alejada de los dictados morales y estéticos de la Iglesia, los varones comenzaron a emplear prendas más funcionales que mostraban su silueta masculina. A pesar de que los hombres de mayor edad siguieron vistiendo trajes más largos, los más jóvenes adoptaron el jubón, corta y ajustada, y la jaqueta, que se colocaba encima de la anterior. Para acomodar ambas piezas al cuerpo, tanto el jubón como la jaqueta eran sujetos al tronco por un cinturón articulado. Las piernas, símbolo de hombría, eran cubiertas únicamente con unas calzas prietas, introduciéndose como gran innovación la bragueta. A finales de esa misma centuria y en el siglo XV la hopalanda y el balandrán (dos trajes de encima o sobretodo) confeccionados en paño fino, terciopelo o piel se hicieron muy populares. Como complemento esencial comenzaron a usarse los sombreros picudos de gran tamaño y las caperuzas, que cubrían la cabeza y los hombros en caso de lluvia.

Reivindicando la belleza del cuerpo femenino y la armonía de las formas, el vestuario femenino fue, no sin polémica, en donde mayores innovaciones se llevaron a cabo. Los vestidos y sayas grandes que escondían los atributos femeninos fueron sustituidos por otros ceñidos al cuerpo hasta la cadera, muchos dejando al descubierto el cuello y una parte de los hombros gracias a los generosos escotes redondos que tan célebre se hicieron. Debajo de esta prenda las mujeres, especialmente las pertenecientes a la nobleza, solían portar camisas, faldillas o faldetas, corpiños, sayas y gonelas, e incluso calzas que, al igual que a los hombres, cubrían sus piernas hasta la cintura. Durante el siglo XIV se generalizaron los flecos, las mangas perdidas y los botones (que, adoptados también por el sexo masculino, venían a sustituir a los cordones especialmente en los puños), mientras que en la siguiente centuria se comenzó a adornar el escote con unas telas muy finas llamadas gorgueras. Para decorar la cabeza, las mujeres optaron por recoger el cabello. Si bien antaño era usual dejarlo a la vista, durante el siglo XIV se hicieron célebres los tocados de mariposa, de aguja y de cuernos, en donde era necesario enroscar el cabello a complicadas estructuras de alambre o cartón cubiertas por terciopelo y velos de seda.

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Arcón Adimari (pintura a témpera atribuída a Giovanni di ser Giovanni) muestra la riqueza de la que hacían gala los privilegiados en la Florencia del siglo XV.

La expansión del Humanismo por buena parte de Europa a través de los contactos comerciales, y la transformación del vestuario como signo inequívoco de una nueva conciencia alejada de los férreos preceptos dictados por la Iglesia, supusieron una revolución sin precedentes. La utilización de prendas ajustadas al cuerpo que mostraban la silueta favorecieron la aparición de numerosas críticas que, con el tiempo, pondrían las bases para los tratados hechos por destacados miembros del clero. En estos textos se intentaba promulgar cuales eran las indumentarias correctas en un intento vano por recuperar una indumentaria mucho más afín al supuesto decoro cristiano. Siendo especialmente feroces las opiniones sobre el nuevo vestuario femenino, se atacarían tanto los escotes como los vestidos ajustados con amplias faldas y los suntuosos peinados y tocados, equiparándose a las mujeres que los usaban con seres diabólicos de naturaleza licenciosa.

La controversia en torno a una vestimenta masculina que dejaba mostrar sus vergüenzas, y a una indumentaria femenina que, según los moralistas del momento, incitaba al pecado, hizo que fuera habitual la promulgación de unas leyes, dirigidas principalmente a las mujeres de la nobleza y alta burguesía, con las que se censuraban las nuevas modas. Aceptándose que la mujer era un ser dado a las frivolidades y a la lujuria, las leyes suntuosas promulgadas por los monarcas estuvieron centradas en contrarrestar la espectacularidad del atuendo femenino promoviéndose la sencillez. Las leyes suntuosas también estuvieron dirigidas a hacer más evidente la diferenciación existente en el Medievo al marcar la vestimenta de hombres y mujeres según su condición social y económica. Así, sólo los más ricos podían vestir tejidos costosos adornados con joyas y otros complementos, mientras que los pertenecientes al pueblo llano debían utilizar prendas mucho más bastas de acuerdo a su estatus.

Aunque las prohibiciones sistemáticas por parte de los monarcas y las críticas de la Iglesia favorecieron en algunos reinos la adopción de una moda mucho más austera, en otras zonas siguieron vigentes las modas en donde pieles, sedas, paños de calidad y adornos muy lujosos cubrían los cuerpos de hombres y mujeres sin tratar de esconder sus respectivos atributos, algo que sería potenciado con posterioridad durante el Renacimiento.

Vía| Bühler J. (2005). La cultura en la Edad Media: el primer renacimiento de Occidente, Círculo Latino, Barcelona; Wade Labarge, M. (2001). La mujer en la Edad Media, Nerea S.A, San Sebastián

Más información| Pastoureau, M. (2006). Una historia simbólica de la Edad Media Occidental, Katz Editores, Buenos Aires

Imágenes| Celebración, Vestimenta masculina y femenina

La muerte y los rituales funerarios en la Edad Media

La Edad Media ha sido vista casi siempre como un período de gran oscuridad, decadencia y atraso. Si bien la historiografía más actual ha hecho verdaderos esfuerzos por imponer una visión menos negativa del Medievo, haciendo alusión a los avances y logros que tuvieron lugar, es innegable que durante este extenso período la violencia endémica, las hambrunas generalizadas y las enfermedades hicieron prácticamente inviable que la población de entonces gozara de una vida longeva.

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Representación germana de la Danza de la muerte o Danza macabra, un género literario y artístico muy popular durante el Medievo que trataba de forma satírica la universalidad de la muerte sin excepción.

Aunque no era diferente a otras épocas anteriores, durante la Edad Media la esperanza de vida era realmente corta y la muerte de los infantes era algo muy común. A las continuas guerras, que arrasaban campos, ciudades y núcleos poblacionales, se le sumaban tanto las malas cosechas como las enfermedades, siendo especialmente adversa la Peste Negra que asoló Europa durante el siglo XIV. La muerte, siempre presente sin diferenciar estamentos, inspiraría numerosas representaciones artísticas y obras literarias en donde, en algunos casos, se intuía el temor por las almas de los difuntos y una exacerbada preocupación por lo que se creía el «Más Allá».

A pesar de que el cristianismo intentó extinguir algunas antiguas tradiciones paganas relacionadas con los rituales en torno a la muerte, cuando ello no fue posible las adquirió, siendo especialmente imperecederas en las zonas más rurales. Pero, ¿en qué consistían esas supersticiones y tradiciones, ya cristianizadas, que se mantuvieron durante la Edad Media y que estaban ligadas íntimamente con la muerte? ¿Evolucionaron? ¿Han llegado hasta la actualidad o han caído completamente en desuso?

Aunque no tenemos muchos detalles, cuando una persona moría, era práctica común que los familiares y amigos más directos del fallecido, iniciaran el tratamiento para preparar el cadáver. Según las posibilidades con las que se contaba, el cuerpo sin vida era lavado concienzudamente con agua o vino, siendo además algo común cerrar los ojos del cadáver, tapar sus fosas nasales y atar con un cordel o rosario los dedos gordos de pies y manos. Dado el miedo que se tenía a las ánimas en pena, la creencia pagana de que, realizando estas acciones, se imposibilitaría el regreso del alma del fallecido a su cuerpo terrenal fue tomando fuerza paulatinamente.

Posteriormente el cuerpo limpio del muerto era vestido con las prendas más ricas o mejor conservadas que el difunto tuviera en vida, siendo primordial el estatus que poseía el difunto antes de su muerte. En el caso de los fallecidos más poderosos, los cuerpos podían ser adornados con alguna joya valiosa que les hubiera pertenecido, mientras que aquellos con menos posibles y de un estamento inferior podían ser honrados con algún elemento decorativo que fuera identificativo de su persona. Una vez listo, el cuerpo era envuelto en un sudario o en un tejido lo suficientemente extenso como para cubrir al fallecido, siendo la tela cosida o unida con agujas para facilitar la ruptura de los lazos entre el cuerpo y el alma del difunto.

Preparado el cuerpo y siendo depositado en alguna estancia para ser velado, se anunciaba a la comunidad, a través del toque de campanas, que era el momento de asistir a la vigilia. Con una presencia cada vez mayor de sacerdotes e individuos vinculados a alguna orden religiosa, era de obligado cumplimiento hacer una visita al fallecido y a su familia, ya que la mentalidad medieval entendía que el muerto debía ser objeto de respeto. Los bailes alrededor del fallecido, los cantos no religiosos y los banquetes que tanta presencia tuvieron en el pasado empezaron a entenderse durante la Baja Edad Media como prácticas innecesarias que, con el tiempo, pasaron a estar prohibidas y penadas por la Iglesia. La vigilia se convirtió en una ceremonia en donde el dolor y los lloros fueron sustituidos por la dignidad, el silencio y las oraciones. Se creía que sólo así podría ayudarse al «tránsito» del difunto, que tal vez podía estar atrapado entre dos mundos.

Pasadas unas horas se ponía en marcha el cortejo fúnebre que acompañaría el difunto hasta el lugar en el que el cuerpo descansaría. Dicho cortejo estaba habitualmente formado por los familiares y amigos del difunto, pero dependiendo de la condición y posición del fallecido, podían unirse mendigos o vecinos de baja extracción social que pudieran atestiguar la generosidad que en vida tuvo el desaparecido. También era común la presencia de las llamadas plañideras que acompañaban durante el trayecto al difunto con sus lamentos, y si bien fue una figura que se intentó suprimir a través de férreas prohibiciones eclesiásticas, siguieron vigentes hasta mucho después. Por otra parte, durante la Baja Edad Media el séquito que acompañaría el cuerpo comenzó a estar compuesto por las personas que el propio muerto quería que estuvieran presentes, ya que se popularizó la costumbre de fuese el propio fallecido quien, como uno de sus últimos deseos, dispusiera cada una de las pautas a seguir durante todo momento después de su muerte.

Aunque en momentos de extremada gravedad, especialmente ante una epidemia, se prefería la cremación de los cuerpos de los afectados para eliminar el peligro del contagio, la práctica funeraria más habitual durante el Medievo fue la inhumación. Si bien durante mucho tiempo fue habitual enterrar los cadáveres extramuros de la ciudad o en las cercanías de una colina, comenzó a ser cada vez más común enterrar a los fallecidos cerca de un lugar sagrado, o directamente en el interior de alguna iglesia o capilla, en el caso de tratarse de alguien de la nobleza o con una posición económica privilegiada. Se pensaba que durante el Juicio Final las almas regresarían a sus cuerpos terrenales para ser juzgados por sus actos, por lo que era menester no incinerarlo y optar por enterrar el cuerpo en un lugar en donde el demonio y ninguna otra fuerza maligna pudieran apoderarse de él.

Sancho-I-de-Mallorca

Sepulcro de Sancho I el Pacífico, rey de Mallorca (1274-1324), en la Catedral de San Juan Bautista en Perpiñán.

Durante la Alta Edad Media el cuerpo era colocado directamente en un foso excavado en la tierra junto a ofrendas y algunas pertenencias terrenales del difunto, pero durante la Baja Edad Media las tumbas, otrora sencillas y carentes de inscripciones, pasaron a adornarse con motivos religiosos y elementos más elaborados. Al mismo tiempo que se generalizaba el uso de ataúdes de madera y lápidas en donde se escribía el nombre del difunto, entre el estamento nobiliario y la realeza las tumbas fueron ganando en esplendor y riqueza, colocándose figuras yacientes sobre la lápida muy detalladas que simbolizaban la riqueza y predominancia social que tuvo el individuo en vida.

Como bien hemos comprobado el cambio de mentalidad favoreció en pleno Medievo que fueran modificándose algunos rituales funerarios muy antiguos, y aunque es cierto que se fueron adoptando otras, hay costumbres relacionadas con la muerte que en la actualidad se mantienen prácticamente intactas.

Vía| Ariès P. (2000). Historia de la muerte en Occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días, Acantilado, Barcelona; Paxton, F. (1990). Christianizing Death. The Creation of a Ritual Process in Early Medieval Europe, Conrell University Press.

Imágenes| Danza Macabra, Sancho I