Delincuencia en el Siglo de Oro: los pícaros

En los rincones de los bajos fondos de las ciudades más prósperas del territorio peninsular, al mismo compás que crecía la pobreza, surgía en el siglo XVI una figura que cobró notoria fama entre la sociedad, el archiconocido pícaro. Tal fue el auge de estos delincuentes, y tan sonado su modo de vida, que algunas de las obras literarias cumbres de este periodo estaban basadas en las fechorías de estos ingeniosos ladronzuelos.

Así, a medida que durante el siglo XVI se va precarizando la vida de las clases más humildes, se tienen que buscar nuevas formas de buscarse la manera de subsistir. Para ello, y en especial la población más joven, abandona las zonas rurales para dirigirse a las grandes ciudades, donde se concentraba la mayor parte de la riqueza.

pícaros
Sevilla, como epicentro del comercio con las Indias, fue el lugar idóneo para que delicuentes de todo tipo campasen a sus anchas.

Una vez en la ciudad, los jóvenes que no tenían la buena fortuna de lograr un trabajo, o contar con algún familiar o conocido que les ayudase, se encontraban en un entorno totalmente desconocido y sin recursos. Por tanto, en un entorno hostil, y con pocos medios para subsistir, la picaresca (nunca mejor dicho), arrojaba a los jóvenes a los brazos de la indigencia y la delincuencia.

En 1599, Mateo Alemán publicaba en Madrid la primera parte de su popular Guzmán de Alfarache, que, siguiendo la estela del Lazarillo de Tormes, popularizó definitivamente al pícaro y sus artes para la vida ociosa. La picaresca había llegado para quedarse.

Sevilla y Madrid, centros de la picaresca

Como hemos mencionado con anterioridad, la esperanza de una nueva vida alejada de las penurias hacía que se emigrase a las grandes ciudades, en busca de nuevas oportunidades. Esto hacía que los focos de atención de los que emprendían el peregrinaje a la ciudad se centrasen en Sevilla y Madrid. Puerto de las Américas la primera; centro de la Corte la segunda.

Lugares de gran prosperidad por albergar a gentes de todos los rincones de Europa, y presentar en sus calles todos tipos de negocios, incluido el marítimo de las Américas, Sevilla y Madrid fueron el lugar predilecto para aquellos que querían vivir a costa de los demás.

Los que se abandonaban a la vida pícara, lo hacían siempre, o al menos esa era su intención, bajo el amparo de personas con un elevado estatus social. Es más, esta era la gran diferencia que separaba al pobre del pícaro, pues este último era una persona sin arraigo, pues estaba constantemente de un lugar para otro, de baja moralidad y, la mayoría de las veces, perseguido por la ley.

La pobreza infantil: los primeros pasos hacia la vida pícara

Resulta obvio remarcar que mientras más carencia padecían los niños, más propensos eran en caer en los brazos de la vida ociosa y malhechora. Por tanto, la pobreza que acuciaba a una gran mayoría de los niños de la España del Siglo de Oro era la cuna del problema. La vida de estos niños, pendía en muchas ocasiones en el fino hilo entre el vandalismo y la pobreza, problema que se agravaba más aún en los grandes focos comerciales, donde cometer hurtos bajo el amparo del trasiego de comerciantes y gentes de bien.

pícaro
Los niños, principales víctimas de la pobreza, aprendían desde bien pequeños el arte del hurto. Así iban perfilando su futura carrea de pícaro. Óleo de Bartolmé Esteban Murillo «Joven Mendigo».

En una época en la que el abondo de niños y niñas era una terrible realidad, las casas para niños expósitos jugaban un papel clave en la crianza de dichos infantes. En el caso de la ciudad sevillana, la Casa de la Doctrina contaba con un peso especial, pues no solo se dedicaba a la crianza de los niños abandonados, sino que también se les instruía en el arte del hurto y la mentira. Con este estilo de vida bien arraigado, los niños y niñas que abandonaban la casa, se arrojaban a una vida de delincuencia y mala vida, aunque con destino bien diferente: mientras que los niños se dedicaban al pillaje, las niñas se dedicaban a la prostitución, de cuyos brazos resultaba hartamente complicado escapar.

El Arenal, el idilio de la picardía

Sevilla, origen y destino del comercio de las Indias, se convirtió pues en una ciudad idónea en la que desarrollar el vandalismo. Punto de encuentro de todo tipo de mercancías y de gente foránea, se fue ganando poco a poco el -dudoso- título de ciudad de pícaros.

Con el barrio del Arenal como epicentro, se fue tejiendo una densa red de delincuencia, cuyos protagonistas eran pícaros, prostitutas y gente del hampa, y no pocas veces unos participaban de las acciones de los otros. Tampoco ayudaba a parar el desarrollo de la delincuencia la falta de justicia en Sevilla, pues, a menudo, los jueces estaban bajo la influencia de los poderosos del lugar.

Tanto fue el auge y la celebridad de estos personajes dedicados a la delincuencia, expertos en huir de la justicia y de vivir bajo el amparo de la clase pudiente, que pocos artistas del Siglo de Oro se resistieron a inmortalizar sus hazañas, ya fuese bajo palabras o sobre lienzos. Mateo Alemán, Velázquez, Miguel de Cervantes o José de Ribera fueron solo algunos de los artistas que reflejaron la vida de la gente que se movía por los bajos fondos.

Y es que como dice Francisco Núñez Roldán:

«En una España donde se ponía la honra en huir del trabajo cabían dos salidas: el vivir de las rentas o su imitación fraudulenta, la picardía…».


Núñez Roldán, Francisco (2016), «Pícaros. Los bajos fondos en la España del Siglo de Oro», Historia National Geographic nº 156

Bibliografía

  • Calvet Botella, Julio, «Los pícaros en la España del Siglo de Oro», 2012, Alicante.
  • Núñez Roldán, Francisco (2016), «Pícaros. Los bajos fondos en la España del Siglo de Oro», Historia National Geographic nº 156, pp. 100-115.

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