La momificación en el Antiguo Egipto

En el Antiguo Egipto, un buen mantenimiento del cuerpo siempre fue fundamental, pues de ello dependía el éxito o el fracaso de la vida de ultratumba en el Reino de Osiris. Para ello, por tanto, fue imprescindible la correcta conservación del cadáver, el jal de los antiguos egipcios. De esta necesidad surgiría, con el cambio de enterramientos, la importante labor de momificación, dando lugar a una próspera industria funeraria, el arte de la momificación.

Como hemos apuntado, esta necesidad de conservar el cuerpo de manera artificial surgió cuando se cambió el tipo de enterramiento, pasando de agujeros excavados en el suelo árido del desierto, a majestuosas tumbas elevadas sobre la superficie o complejos funerarios situados bajo tierra. En el Egipto predinástico, que abarca desde la etapa neolítica hasta la unión del Alto y Bajo Egipto en torno al 3200 a.C, sin embargo, los enterramientos se practicaban directamente en el suelo, en hoyos realizados en el cálido terreno del desierto. Prueba de estos son las primeras momias egipcias conocidas, datan del IV milenio a. C, que mediante la acción del desierto, se han conservado de manera natural.

Anubis
El dios Anubis cuidando la momia del funcionario Senedhem. Fuente Wikicommons

El calor que emanaba este terreno producía que el cuerpo, mediante la desecación del cadáver, se conservase en unas más que buenas condiciones. Pero estas sencillas sepulturas presentaban un grave problema. Algunos cuerpos, por causas de animales carroñeros, por derrumbes de las excavaciones, o por la acción de los buscadores de tesoros, acababan desenterrados, lo que terminaba descomponiendo el cadáver.

Ante esta situación hubo de buscar un nuevo tipo de enterramiento, donde el cuerpo estuviese más protegido, y no estuviese expuesto con tanta facilidad. Pero surgía así un nuevo problema. Con la ausencia de la acción del clima seco del desierto, la descomposición ya no encontraba barreras naturales, y el cuerpo acababa por desaparecer. Si eras un antiguo egipcio, querrías una solución eficiente para no perder tu jal.

Con esta emergencia espiritual surgió el proceso de la momificación, una costosa elaboración del cuerpo para su vida de ultratumba. El embalsamamiento, primero solo apto para la familia real, y más tarde extendida a todos los egipcios, fue mejorado de manera paulatina, hasta que terminó por alcanzar una gran maestría, consiguiendo que el difunto, al fin pudiese reencontrarse con su cuerpo terrenal.

La industria de la momificación, terminó siendo una de las más poderosas del Antiguo Egipto, en la que el clero asociado a este proceso acabó amasando una gran fortuna, a través de importantes donaciones, destinadas por los familiares a asegurar la vida del difunto en el Reino de Osiris.

Hombre de Gebelein
Hombre de Gebelein, unna de las momias más antiguas de Egipto, producida de manera natural, IV milenio a.C

Pero, ¿cómo era el proceso desde que fallecía el difunto hasta que finalmente recibía sepultura? Veamos cómo se llevaba a cabo este complejo proceso.

La momificación

Cuando el fallecido era llevado hasta el taller para ser embalsamado, lo primero que hacían los encargados del proceso era enseñar una especie de catálogo de momias. Este consistía en varios modelos, a tamaño natural, de madera, debidamente representada como una momia real.

Dependiendo del presupuesto de la familia, así sería el proceso de momificación que se llevase a cabo con el familiar fallecido. Aunque todos tenían el mismo fin, la conservación del cuerpo para el más allá, no todos los resultados eran iguales. Nosotros, para ejemplificar un embalsamamiento de primera clase, nos centraremos en el proceso más complejo y caro, el destinado a faraones, familia real, nobleza y sacerdotes de más elevado rango.

Inicio del proceso

La primera acción que se le realizaba al cadáver era lavarlo y perfumarlo, para eliminar los primeros olores, que en una zona árida como Egipto se producían pronto, que anunciaba la descomposición. Lavado, pues, el cadáver, los embalsamadores de dedicaban a eviscerar al fallecido.

El primer órgano que se le retiraba al cuerpo era el cerebro, a través de un largo gancho que se introducía por la nariz. El cerebro, era desechado, pues no se le atribuía valor alguno. Posteriormente se introducía cierta cantidad de natrón, para que este disolviese los restos que quedaban de cerebro. Por último, el cráneo era rellenado con resina, que al solidificarse, daban consistencia al cráneo.

Evisceración

Libre el cuerpo de órganos innecesarios, comenzaba el verdadero proceso de conservación de las partes fundamentales para el egipcio. Aquí entraba en juego el parasquita, el sacerdote encargado de realizar la incisión, previamente marcada por un escriba, y eviscerar el cadáver.

Con un afilado cuchillo de sílex, el parasquita realizaba la incisión por la cual se extraerían todos los órganos, a excepción del corazón, que era vital mantenerlo unido al cuerpo y los riñones. De todos los órganos retirados, cuatro recibían especial atención, pues eran debidamente embalsamados, introducidos en vasos canopos y colocados junto al sarcófago en la tumba. Estos eran el hígado, el estómago, pulmones e intestinos.

vaso canopo
Vaso canopo de gran tamaño destinado a contener las vísceras de un toro Mnevis

Vaciado pues el cuerpo del fallecido, tocaba lavar y rellenar el abdomen. De esta tarea se encargaba el taricota, quien procedía a dicho lavado con vino y sustancias aromáticas, destinadas a eliminar el olor a putrefacción. Ahora ya podía ser cerrada la incisión, lo cual se hacía de una manera tosca, y posteriormente era tapada con una placa, en la que se grababa el ojo de Horus y los cuatro genios funerarios: Amset, Duamutef, Kebehsenuf y Hapi. Estas cuatro deidades eran las encargadas de custodiar los órganos que eran introducidos en los cuatro vasos canopos.

El siguiente paso era retirar los ojos de sus correspondientes cuencas, las cuales eran rellenadas con lino, y podían ser también tapados por vidrio, hueso o piedras, imitando los ojos del fallecido. Reemplazados los ojos, se taponaba la nariz del difunto, para lo que se usaba resina.

Una vez que el proceso de evisceración había finalizado, el cadáver era sometido a un baño de natrón, y se le aplicaba una serie de productos como cera de abeja, resinas o leche. Este proceso buscaba fundamentalmente la desecación del cuerpo y evitar que se enmoheciera la piel, logrando así su longeva conservación.

Preparado todo el cuerpo del difunto, tan solo quedaba ya el maquillaje y el vendado, para así poder finalizar el largo y costoso proceso de momificación.

Vendaje

Maquillado pues, era el momento de cubrir con largas vendas al fallecido. Estas, llegaban a ser extremadamente largas, y de una gran calidad. Las vendas, antes de rodear el cuerpo, eran impregnadas con resina, lo que facilitaba la adherencia a la piel y la mejor conservación de esta. En algunas ocasiones, debido al elevado coste de las telas usadas para embalsamar, el difunto era vestido con sus ropas, lo que lograba abaratar los costes de la momificación.

momificación
Momias y sarcófagos expuestos en una de las salas del British Museum

Este proceso era llevado en todo momento por los coaquitas, quienes iban intercalando entre las vendas una serie de amuletos, como el escarabeo, que representaba la resurrección. Además, el coaquita iba recitando una serie de fórmulas mágicas para que el difunto pudiese escapar de los múltiples peligros que implicaba el viaje al Reino de Osiris.

Es por esto, que todo el proceso de vendaje se llevaba a cabo de manera minuciosa, pues se debía salvaguardar la vida eterna del difunto, para lo que era imprescindible aplicar una serie de protecciones contra los seres malignos que acechaban en las tinieblas del Duat y el Amenti.

Fin del embalsamamiento

Como un complejo proceso que era el embalsamamiento, este podía conllevar una serie de riesgos, entre los que se encontraba el deterioro excesivo del cadáver, o peor aún, su pérdida. Para estos casos, para que el alma del difunto no corriese ningún tipo de peligro, idearon una técnica. Esta consistía en realizar una estatua, a la que se transfería las cualidades del difunto mediante una serie de formulaciones mágicas. Así, el espíritu siempre tendría un cuerpo al que volver.

Eviscerado, desecado, perfumado, maquillado y vendado, se podía dar por finalizado el proceso de momificación. Este largo proceso solía durar unos 70 días, aunque hay constancia de embalsamamientos que se prologaron hasta 274 días[i].

Ya el difunto podía ser introducido en el sarcófago, y esperar a que se concluyese el enterramiento que le condujese a la vida eterna. Aunque todavía debía conseguir traspasar el Mundo Intermedio, y superar el juicio de Osiris.

[i] Álvarez Sosa, Milagros (2016), «Momias, el arte más secreto del antiguo Egipto», Historia National Geographic nº 152, p. 26.


Bibliografía

  • Álvarez Sosa, Milagros (2016), «Momias, el arte más secreto del antiguo Egipto», Historia National Geographic nº 152, pp. 22 – 35.
  • Grandes civilizaciones. Egipto, el imperio de los faraones, Ediciones Rueda (2002), Madrid.
  • Walker, Martin (2003), Historia del Antiguo Egipto, Madrid, Edimat Libros.

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