La Querella de las Investiduras

En pleno siglo XI, cuando el modelo feudal conducía a la concentración del poder en las manos de nobles y religiosos, el poder terrenal chocó contra el espiritual. Del consentimiento de la Iglesia a que sus mandatarios fuesen elegidos por los señores, y de la aceptación de estos por la supremacía ideológica eclesiástica, se pasó a una pugna abierta entre ambos poderes. Se iniciaba así a la denominada Querella de las Investiduras.

El contexto que rodea a este conflicto entre emperadores y papas, ha de ser vislumbrado desde los diferentes intereses que irán surgiendo a inicios de esta centuria. Por un parte, la necesidad del Imperio de controlar a los cargos eclesiásticos, pues esto suponía la supremacía de la institución imperial. Por otro lado, la Iglesia adolecida por la corrupción, sentía la necesidad de retomar las riendas de su propio seno.

Con estos intereses tan marcados por ambas instituciones, era cuestión de tiempo que Imperio e Iglesia chocasen, y se iniciase las querellas de las investiduras.

El origen del conflicto

Cuando Gregorio VII llegó al solio pontificio en el año 1073, heredó de León IX la vital necesidad de reconducir la Iglesia hacia el camino primigenio del cristianismo: alejada de la corrupción y la opulencia en las que había incurrido la institución católica. Para ello, ideó una ambiciosa remodelación del seno eclesiástico, la célebre reforma gregoriana, lo que supuso el punto de partida en este conflicto.

Con la reforma gregoriana se aspiraba a retomar de nuevo las riendas en la elección de los cargos eclesiásticos, hasta ahora designados por señores feudales, príncipes, o el propio emperador. Esto, en la práctica, suponía una verdadera merma de los poderes imperiales. Era, por tanto, reconocer la supeditación del poder temporal al espiritual, idea que chocaba de frente con la idea de cesaropapismo, del que Enrique III era un fiel creyente.

El estandarte de la fe ¿Iglesia o Imperio?

Gregorio VII estaba dispuesto a recuperar el control total de la institución que él representaba, pues para él, la Iglesia debía ser la cabeza del poder por encargarse de las cuestiones espirituales. No había mejor representante de Dios en la Tierra que el propio papa, por ende, era el legitimado para controlar la fe.

Sin embargo, el emperador, se creía con la misma atribución que el papa. ¿Por qué debía ser el pontífice la cúspide de la cristiandad, si por el contrario era el emperador quien encarnaba la naturaleza real de Cristo? Era una cuestión que derivaría en una dura pugna entre el Sacerdotium y el Imperium, y que acabaría teniendo en la querella de las investiduras su máximo exponente, y en Enrique IV y Gregorio VII sus máximos protagonistas.

La «Querella de las Investiduras»

Enrique IV accedió al trono del Sacro Imperio siendo menor de edad. Esta tesitura fue aprovechada por los grandes poderes del momento para obtener un mayor político. Así, el papado pugnó por tener una mayor autonomía, que había ido perdiendo con Enrique III. Por otra parte, los duques alemanes se mostraron más resistentes ante el poder imperial. Además, los grandes núcleos urbanos también experimentaron un notable fortalecimiento.

Humillación de Canossa
Humillación de Enrique IV ante Gregorio VII en el castillo de Canossa, quizás uno de los momentos claves del conflicto de las investiduras. Fuente

Ya con la mayoría de edad alcanzada, Enrique IV aprovechó dicha tesitura para recuperar el poder perdido durante su minoría de edad. Sus primeros pasos fueron para recuperar su superioridad frente a la aristocracia y la Iglesia. Para ello, y como muestra del poder imperial, largo tiempo transgredido, se mostró decidido a nombrar al nuevo obispo de Milán. La querella de las investiduras ya había dado sus primeros pasos…

Este acto fue percibido por Gregorio VII como una agresión hacia la potestad papal, pues la designación de los obispos obedecía únicamente a la curia romana. El papa, en el año 1075, mediante la bula Dictatus Papae hace valer la preeminencia del papado frente al Imperio, debido al carácter infalible del pontífice. Esto derivó en la excomunión del emperador germano, quien, ante tamaña ofensa, gestó una dura ofensiva contra Gregorio VII.

Las consecuencias de la excomunión

La excomunión de Enrique IV, no solo tenía una significancia religiosa, sino que ocultaba unas graves consecuencias políticas para el emperador. Gregorio VII, no solo deslegitimaba al emperador del Sacro Imperio, sino que además liberaba a todos sus súbditos del contrato de vasallaje. Esta situación provocó una dura merma en su influencia política, ya de por si dañada ante la gran cantidad de adversarios con la que contaba el emperador.

La excomunión de Enrique IV, que se acabaría aboliendo tras la penitencia del emperador en el castillo de Canossa, daría lugar a una amplia sucesión de disputas entre la Iglesia y el Imperio.

querella de las investiduras
Clemente III y Enrique IV expulsan a Gregorio VII de Roma. El intento del emperador por situarse a la cabeza de la cristiandad, le llevó a apoyar a Clemente III, antipapa. Fuente

Por un lado, Enrique IV, en un intento de recapitular todo el apoyo posible para el Imperio, medio en la elección de un antipapa que rivalizase contra Gregorio VII, Clemente III, quien actuó como antipapa desde el año 1080 hasta su muerte en 1100. Otro paso más del emperador germano fue su marcha hacia Roma para acorralar al pontífice, y que este cediese a sus prerrogativas. No obstante, Gregorio VII, que contaba con un amplio apoyo de la aristocracia italiana, consiguió huir hacia Salerno, ayudado por los normandos, donde finalmente murió en 1085.

El fin de la Querella de las Investiduras

La muerte de Gregorio VII, y la llegada de sus sucesores, trajo un talante más conciliador por parte de los papas. A esto también se unió la sucesión en el trono de Enrique IV por su hijo, Enrique V, quien también estaba dispuesto a terminar con la querella de las investiduras.

Con los intentos, fallidos, de Sutri y Ponte Mammolo (1111) y  entre Enrique V y Pascual II por solventar la disputa de las investiduras, hubo de esperar a tiempos de Calixto II para poder ver el final del conflicto. Ante esta nueva mentalidad, Calixto II y Enrique V llegaron a un acuerdo mediante el que poner, por fin, solución al conflicto que venía enfrentando a Iglesia y Estado. El Concordato de Worms, celebrado en la ciudad alemana homónima, se produjo en el año 1122 y trajo una serie de acuerdos entre emperador y pontífice. En este acuerdo, se adoptó una especie de ceremonia entre lo oficial y lo simbólico que satisfacía las pretensiones de ambos dirigentes.

La elección propiamente dicha los obispos, quedaba exenta de todo injerencia laica, aunque la investidura debía recaer, o bien en el emperador, o bien en algún consejero mandado por él. A esta investidura le seguiría la consagración, que quedaba a cargo del arzobispo. Por último, el nuevo obispo debía presentar su juramento de fidelidad al emperador. Lo que venía a ratificar al obispo como vasallo del Sacro Imperio.

Finalmente, un año más tarde, en 1123, el acuerdo tomado en Worms quedó ratificado por el Concilio I de Letrán. Quedaba zanjada, de manera definitiva, la querella de las investiduras. Se reconocía ya de manera abierta la separación de poderes en la cuestión del nombramiento de los nuevos obispos. No obstante, la pugna entre la Iglesia y el Imperio por la supremacía de Occidente, quedaría aún ampliamente cuestionada.

Bibliografía

  • GARCÍA DE CORTÁZAR, J. A.; SESMA MUÑOZ, J. A. Manual de Historia Medieval, Madrid, Alianza Editorial, 2014.
  • MITRE FERNÁNDES, E. Introducción a la historia de la Edad Media Europea, Ediciones Istmo, 2004.
  • RODRÍGUEZ, G. (Dir.). Manual de Historia Medieval: siglos III al XV, Grupo de Investigación y Estudios Medievales: Universidad Nacional de Mar del Plata, 2015.
  • VINCENT, C. Breve Historia del Occidente medieval, Madrid, Alianza Editorial, 2001.

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