La batalla de Muret: el declive cátaro

En el desarrollo de la fe cátara en el sur de Francia, hubo un punto de inflexión que supuso un antes y un después en la fe albigense, la batalla de Muret. Este choque entre las fuerzas cruzadas y las occitano-aragonesas marcaría a fuego el devenir del pueblo cátaro.

La batalla de Muret nació del deseo de un papa, Inocencio III, que aspiraba controlar política y doctrinalmente todo el occidente europeo. En una época donde el poder territorial se hallaba en disputa, y la fe católica tenía en suelo europeo serios contendientes, el papa debía pugnar para reunir bajo su persona tanto el poder territorial como el religioso.

En este contexto de pugnas políticas y religiosas se hallaba el movimiento cátaro, o albigense. De origen oriental, había encontrado en el Midi francés un suelo fértil donde arraigar. Una tierra que gozaba de gran independencia con respecto a la corona francesa, se mostró muy pronto favorable al nuevo movimiento religioso. Una doctrina que promovía el regreso a los orígenes humildes del cristianismo, que negaba al clero, y que tenía una visión dualista con respecto a la fe, no es de extrañar que muy pronto levantase recelos en la sede apostólica.

Los primeros intentos por acabar con el catarismo

Pese a las intenciones del papa de acabar con lo que la Iglesia consideraba una herejía, el primer movimiento de Inocencio III fue pacífico. Así, el primer paso del cabeza de Roma fue enviar varios emisarios, con la intención de que los cátaros se reconvirtiesen al catolicismo. De esta manera durante un tiempo, una serie de obispos, monjes y prelados se dedicaron a predicar la palabra oficial de la Sede Apostólica. El objetivo, que los cátaros renunciasen de sus creencias, no resultó positivo para Roma. Si bien es cierto que no fue un fracaso rotundo, el movimiento continuaba cada vez más vivo.

El siguiente paso: la cruzada albigense

Inocencio III estaba decidido a terminar con la fe cátara, y como la prédica no resultó favorable para los intereses de la Iglesia, dio un paso más allá: proclamar la cruzada albigense.

Pero emprender una acción así requería un detonante, pues de lo contrario podría parecer una acción poco legítima. En este marco de tensión, a la iglesia de Inocencio III le vino como anillo al dedo el asesinato de Pèire de Castelnau en el año 1208. Viendo pues Inocencio III justificada la guerra, exhortó a nobles y prelados franceses a combatir la herejía cátara.

La puesta en marcha de la cruzada

Accediendo a la petición del papa de Roma, en el año 1209 se pone en marcha una expedición hacía el valle del Ródano. Dicha expedición estaba conformada por obispos, caballeros franceses, occitanos, alemanes además de un elevado número de mercenarios. A la cabeza del ejército se encontraba Arnau Almaric, legado papal e inquisidor.

Durante la primera parte de la cruzada contra los cátaros, el ejército católico avanza sin problemas por el Midi francés cosechando triunfos, a la par que cometía masacres injustificadas. Entre estas masacre encontramos la de población de Béziers. Esta ciudad cayó en manos cruzadas tras un breve sitio. Traspasada la muralla, fueron masacrados tanto cátaros como católicos, bajo la orden de Arnau Almaric, quién supuestamente pronunció la famosa frase: ¡Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos!

cruzada albigense
Miniatura medieval sobre la lucha contra el catarismo, en la que se representa, a la izquierda, a Inocencio III excomulgando cátaros, y a la derecha, cruzados luchando contra cátaros.

Con la masacre de Bèziers no hizo más que comenzar la cacería cátara. A medida que iba avanzando el ejército cruzado, iban cayendo un pueblo detrás de otro, los cuales iban siendo abandonados por sus habitantes bajo la sobra que se cernía sobre ellos. En agosto llegaron a otro enclave cátaro, Carcasona, ciudad que fue sitiada y que finalmente, tras tres semanas, fue tomada. Con la caída de esta ciudad se produce un hito importante en la historia de la cruzada albigense: el nombramiento de Simón de Monfort como vizconde de Bèziers y Carcasona. El nuevo vizconde, gran estratega militar a la par que sanguinario, será quien empiece a llevar la voz cantante sobre la masacre albigense.

Choque de intereses: reino de Aragón contra el reino de Francia

En el conflicto generado entre la Iglesia y el catarismo faltaba un contendiente de renombre: Pedro el Católico. El soberano de Aragón, era también soberano de las tierras de Carcasona. Además contaba con alianzas entre los principales señores occitanos. Y es que el rey Pedro quería formar un reino transpirenaico, uniendo a la Corona de Aragón las tierras del Midi francés. Obviamente, la cruzada contra los cátaros estaba menoscabando sus intereses.

Pedro el Católico fue perdiendo de manera vertiginosa tierras al norte de los Pirineos, pues la militia Christi avanzaba sin problemas por la zona de influencia albigense. De esta manera fueron cayendo importante plazas del Languedoc, como Menerba, Termas o Lavaur. En estas poblaciones fueron quemados grandes números de cátaros. El ejército cruzado avanzó hasta Tolosa, población que no llegó a caer en sus manos, pero si el resto del condado.

Fraccionado el sur de Francia por la acción del ejército de Simón de Monfort, Pedro el Católico estaba dispuesto a poner freno al avance del ejército enemigo. Con este objetivo en la cabeza, el rey católico aceptó en vasallaje a aquellos señores occitanos que aún dependían de la Corona de Aragón. El fin último de Pedro el Católico era conformar un ejército occitano-aragonés para chocar de manera directa contra los cruzados.

La batalla de Muret: el principio del fin

Pedro el Católico, dispuesto a acabar con la amenaza de los caballeros cruzados, se dirigió hacia Muret, donde se hallaba un pequeño contingente cruzado. Muret presentaba un escenario idóneo para una batalla a campo abierto, circunstancia que el rey aragonés quería aprovechar. El lugar estaba dominado por una gran llanura, una buena situación estratégica para el bando atacante, así como un castillo de débil fortificación.

Consciente el de Aragón de la impresionante ventaja numérica que tenía frente a Simón de Monfort, fue quien dio el primer paso. Inició la batalla de Muret lanzando a parte de sus tropas contra la población, para traspasar las murallas, por el contrario, a su caballería la lanzó contra los caballeros de Simón de Monfort.

Mientras tanto, como parte de su táctica, el francés Monfort batió a sus caballeros en retirada, para conseguir que los caballeros del de Aragón les persiguiesen. Conseguido su objetivo, los caballero de Simón de Monfort dieron media vuelta para buscar el choque directo. Los caballeros cruzados, habiendo roto las filas enemigas, penetraron el grueso del ejército de Pedro el Católico, a quien, a través de una lanza en el costado, dieron muerte. Muerto el rey de Aragón, no tardó en propagarse la noticia, lo que provocó que el resto de su ejército se dispersase.

hoguera inquisición
Durante toda la cruzada contra los cátaros, la hoguera fue un método con el que se ejecutó por miles a estos feligreses.

Masacrada la caballería aragonesa y occitana, Simón se centró en defender la ciudad, donde se hallaba la infantería del fallecido monarca, intentando acceder a la plaza fuerte. Los caballeros cruzados los acorralaron, aniquilando también a este cuerpo militar.

Contra todo pronóstico, los caballeros cruzados, superado 3 o 4 veces en número, consiguieron una victoria incontestable en la batalla de Muret. Esta derrota marcaba el fin de las pretensiones aragonesas de construir un reino transpirenaico. El reino francés, empezaba a encontrar el camino despejado para el dominio de las tierras occitanas.

Las secuelas de Muret

Tras la batalla de Muret, quedó patente la superioridad de los cruzados respecto a la de los occitanos. El dominio de los caballeros de Simón de Monfort se tradujo en el dominio de la monarquía francesa, y por ende, del catolicismo.

Con la derrota acontecida en la llanura de Muret, el panorama político de Francia cambió de manera radical. Por un lado, la independencia de la que gozaban los nobles occitanos se perdió en favor de un férreo control de la corona francesa. Por otro, la corona de Aragón perdió todas sus oportunidades para dominar el Midi francés. Esto se traducía en la pérdida del vasallaje de la zona occitana.

Una última consecuencia se pudo leer a partir de esta batalla, el progresivo declive que comenzó a experimentar el mundo cátaro. La caída de los señores occitanos, muchos de ellos albigenses, supuso la pérdida de unos apoyos demasiados importantes para el mundo cátaro.

Pero también hay que hacer un apunte: aunque esta batalla comenzó el declive cátaro, la consecuencia más directa de la batalla de Muret fue el reforzamiento de la doctrina albigense. Tras este choque bélico, a los cátaros se les empezó a presentar como mártires, por lo cual experimentaron un auge. No obstante, este auge fue efímero, pues la Inquisición y la situación política terminaron por sepultar la doctrina que intentaba retornar a los orígenes humildes del cristianismo.

El fin de los «cristianos puros»

La batalla de Muret sembró las semillas de la destrucción cátara, por la cual Inocencio III derrochó multitud de esfuerzos. La pérdida de apoyos políticos, la cruzada comandada por Simón de Monfort, la unión del Languedoc al dominio real francés, y la Inquisición, fueron sumando puntos en la lucha contra la doctrina que arraigó en el sur francés a través del mundo oriental.

Condenados al ostracismo, los cátaros, más allá del siglo XIII, comenzaron a ser más un recuerdo que una realidad. Así llegaba el fin de la doctrina dualista, que lejos de la ostentación de la vieja guardia católica, en los ideales primigenios que fundamentaron el cristianismo.

 

Vía:

  • Dalmau, Antoni: «El triunfo de los cruzados. Muret: la clave de la derróta cátara», National Geographic Historia, núm. 33, 2006, pp. 80-91.
  • Dalmau, Antoni, «Los cristianos perseguidos. La Iglesia de los cátaros», National Geographic Historia, núm. 58, 2008, pp. 78 – 89.
  • Martínez Valero, José Luis, Los cátaros.
  • Vincente, Catherine, Breve historia del Occidente medieval, Madrid, Alianza Editorial, 2001.

Para saber más:

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: