La Milicia General (II) Felipe ¡Qué vienen los ingleses!

Hace unos días, dejamos con un punto y seguido el proceso de defensa peninsular conocido como la Milicia General. Tal y como comenté, durante el reinado de Carlos I el sistema se dejó en punto muerto, realmente no era necesario poner en marcha un sistema defensivo de esa magnitud. En cambio, durante la segunda época del reinado de Felipe II, (historiográficamente se le conoce como giro al norte, c.1570) se retomó el plan ante las urgentes necesidades económicas y demográficas que atravesaba el reino. Detengámonos en este aspecto, pues marca el devenir de la defensa peninsular.

Antes de 1570, los ataques costeros eran esporádicos y limitados al mediterráneo, con el turco como principal enemigo. Sucesivas paces se hicieron con la Sublime Puerta con el objetivo de poner fin a sus actos, pero se estaba fraguando un cambio radical, ahora las potencias norte-europeas eran quienes querían incordiar la península, y en definitiva al Monarca.

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La Milicia General (I) Cisneros y Rengifo

La historia militar no ha encontrado su posición dentro de la historiografía hasta fechas recientes. Hace no tantos años, se la veía como parte de una denostada historia positivista, cuyos análisis, en muchos casos, se limitaba a enumerar una serie de guerras acompañadas de notas sobre líderes del campo de batalla.

En Inglaterra surgió, gracias a los trabajos de Rogers, un debate analizando el término Revolución Militar, que este autor había acuñado en el libro The Military Revolution, (1956). Este estudio, y otros tantos coetáneos analizan el despliegue militar con la creación del Estado Moderno. De hecho, se aprovechó la moda de estudios sobre el estado moderno, para retomar el discurso de la historia militar, pero esta vez dándole un enfoque distinto. La historia militar fue sumando adeptos entre los que sobresalen autores como René Quatrefages, G. Parker o I. A. A. Thompson.

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Bernardo de Gálvez y la Independencia de los Estados Unidos

Bernardo de Gálvez y Madrid nació en un pueblo de montaña llamado Macharaviaya, en la provincia española de Málaga, el 23 de julio de 1746. Era hijo del militar Matías de Gálvez y Gallardo, del que pronto siguió sus pasos. Se hizo militar de carrera en la Academia de Ávila, y con tan solo 16 años participó en la guerra contra Portugal, donde alcanzó el grado de teniente. En 1762 fue destinado a Nueva España, donde emprendió una lucha contra los apaches. En 1770 alcanzó el grado de comandante en Nueva Vizcaya y Sonora (lo que hoy es Nuevo México). Dos años más tarde, en 1772, regresa a la Península Ibérica, donde tuvo varios destinos, logrando méritos que serían muy tenidos en cuenta en la corte, donde su tío, José Gálvez, era un personaje reconocido.

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Las crónicas como modelos historiográficos

Las crónicas son unos documentos que narran una serie de hechos contemporáneos al cronista de forma cronológica. El cronista busca con las crónicas contar unos acontecimientos históricos reales, basados en documentos originales, testimonios directos, y mediante la selección de la información, que se alejen de relatos ficticios como los mitos y leyendas. Los cronistas suelen ser testigos directos de los hechos que están narrando, suelen rechazar toda información pasada, o de testimonios poco fiables.

Las crónicas son en la Edad Media obras de gran importancia, caracterizadas por la implementación del providencialismo divino o la influencia de la Biblia, rasgos que heredarán las obras modernas posteriores. Es con el Humanismo cuando los cronistas empiezan a dejar de lado el providencialismo, influidos por los autores clásicos, en  favor del hombre, que son los responsables del devenir histórico.

En esta publicación vamos a intentar reflejar la evolución de la Crónica durante el periodo moderno, a través de tres obras vinculadas a la monarquía hispánica: Crónica de los Reyes Católicos; La Crónica del Perú y La Historia de los primeros años del reinado de Felipe IV.

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Imagen y propaganda. Felipe II

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El poder siempre se ha servido de la propaganda para mostrar aspectos importantes, aspectos que servían para granjearse el apoyo de los súbditos. Cualquier medio que pudiese servir de vehículo para tales fines era útil. Los retratos, monedas, libros, palacios, etc, son muestras de poder, que ayudan a crear una imagen autoritaria y eficiente del poder respecto a su cargo y obligaciones. Felipe II será un monarca que haga pleno uso de la propaganda, para mostrarse, sobre todo en el ámbito portugués, como el rey cristiano, el que podía gobernar los tres reinos cristianos de la Península Ibérica.

La preservación de la memoria, por encima de la palabra, y más allá de las imágenes, acabó por tener su puntal más fuerte en la escritura, capaz de representar mejor la memoria en el espacio y en el tiempo. La imprenta se usó como propaganda política, pero también derivó en una progresiva falta de credibilidad en lo impreso. La memoria divina es la única capaz de conservarse por si misma, por eso los hombres han recibido el don divino de la escritura, para conocer lo pasado y lo futuro. La memoria es sustancialmente humana.

La sociedad experimenta en estos momentos un proceso de escriturarización, por lo que la escritura cada vez abarcará a más capas de la sociedad. Los nobles que escriben las líneas de sus cartas, o varias de ellas, y firman con su propio puño, lo hacen como señal de diferenciación. De aquí surge el ir creando archivos familiares y privados, son guardianes de la memoria. En el siglo XVII, un archivo ya se concibe como una fuente histórica, en la que se conserva la escritura, a diferencia de la tradición oral. Los historiadores y escritores utilizaban su profesión para encubrir y llenar de gloria al mejor postor, escribían favoreciendo por interés. Como decía el marqués de Villena, Felipe Juan Fernández Pacheco, “cuesta poco una carta y tal vez se granjea mucho más con ella que con grandes dávidas y más con gentes de letras”.

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La vida en el mar a finales del siglo XV (III)

Tratado de Tordesillas
Tratado de Tordesillas

Hoy llegamos a la tercera y última parte de esta serie de posts, dedicados a la vida en el mar a finales del siglo XV. Esta tercera entrega trata sobre la calamitosa vida a bordo de las embarcaciones durante los viajes al Nuevo Mundo.

La vida a bordo

El embarque entrañaba, para el marino y para el simple viajero, penetrar en un mundo incómodo y estrecho, en el que a la sensación de sostenerse sobre una plataforma resbalosa e inestable y sometida a cabezadas, se sumaba el tener que desplazarse torpemente bajo cubierta agachado para evitar golpearse con los baos, dormir en cualquier parte sobre unas mantas, ya que aún no existían los coys, y aspirar permanentemente unos humores pútridos que subían de la sentina. Todo ello en las mejores circunstancias de bonanza.

Embarcar suponía entrar y formar parte de la dotación de la máquina más sofisticada y compleja de la época. Un mundo que en si garantiza trabajo duro para todos, acompañado con voces peculiares de acción respondidas por otras, y cantos colectivos tradicionales y rítmicos para aunar el esfuerzo de los marineros en las faenas.

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La vida en el mar a finales del siglo XV (II)

Tratado de Tordesillas
Tratado de Tordesillas

Continuamos con la serie de publicaciones en los que hablamos de la parte menos conocida del Descubrimiento de 1492, la vida en el mar. Si en la primera parte hablamos de la cuna del Descubrimiento, ahora le toca el turno al mito que giraba en torno al mar en el siglo XV, así como a la ciencia que hizo posible dicho viaje.

Mito y ciencia

Los hombres del Descubrimiento pertenecían mayoritariamente a un ámbito geográfico concreto, que sin embargo compartía arte de marear, aficiones, creencias y supersticiones con los marineros contemporáneos de otras latitudes. Muchos de estos mitos servían para llenar el vacío del desconocimiento.

Mucho más que a monstruos o cataclismos, lo que temían los compañeros de Colón era alejarse tanto que no pudieran regresar por no poder contar con vientos propicios para el tornaviaje.

Donde la imaginación jugaba las peores y más peligrosas pasadas a los marinos, era en los espejismos y falsas apariencias de islas inexistentes, que luego se reflejan en una cartografía mítica que situaba, junto a las reales, la isla de Antilla.

Muchos errores no eran absurdos. En el siglo XV se estudiaba la “Geographia” de Claudio Ptolomeo y sus mapas gozaban de gran prestigio, pero este geógrafo y cartógrafo, conocía bien todo el Mediterráneo, Europa y la costa norte de África, así como un poco de Persia, Arabia y la India; pero lo que había más allá lo desconocía y suplió su ignorancia con el trazado de costas hipotéticas, extendiendo el continente asiático desmesuradamente hacia el este y aproximándolo consecuentemente a Europa. Algunos le creyeron, entre ellos Colón, y este dato, junto con la errónea idea del tamaño de la Tierra le hicieron confiar en que su empresa de llegar a Asia desde el Oeste era factible.

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