Cruzadas

La expansión de la Europa medieval: las Cruzadas

En la anterior entrada empezamos a tratar la expansión de las fronteras que experimentó Europa durante la Edad Media. Hacíamos referencia a la Reconquista de la Península por parte de los reinos del norte. Continuando pues, analizando algunas -de las muchas- causas de esta ampliación territorial, toca centrarnos en las Cruzadas.

En una Europa unida en torno al ideal cristiano, la idea de conquistar los territorios emblemáticos para la cristiandad se convirtió en un tema fundamental. Esta acción, que ya se estaba llevando a cabo en occidente a través de la Reconquista, se quiso trasladar también a Oriente. De este modo, surgió la idea de cruzada, cuya intención era recuperar la sede espiritual del cristianismo, Jerusalén. ¿O era esto sólo un pretexto para conseguir otros fines?

El nacimiento de las Cruzadas

El 18 de noviembre de 1095, el papa Urbano II convoca un concilio en la ciudad francesa de Clermont. Se cuenta que el último día del concilio, el día 28 del mismo mes, en su última intervención, el papa dio un apasionado discurso sobre la necesidad de recuperar para la cristiandad la ciudad santa de Jerusalén. Durante dicho discurso, Urbano II presentó a la feligresía allí presente, que recuperar la ciudad de Cristo era un escenario único en el que colmarse tanto de recompensas materiales como espirituales:

«A quienes fueren allí y perdieren la vida en la empresa, durante el viaje por tierra o por mar, o en pelea contra los infieles, séanles en esa hora perdonados sus pecados, en virtud de la potestad que por el mismo Dios nuestro Señor me ha sido concedida (…) Quienes hasta hoy vivieron en criminal enemistad contra sus hermanos creyentes, vuelvan sus armas contra los infieles, (…) Quienes fueron hasta hoy bandidos, háganse soldados; quienes se hicieron mercenarios por un puñado de monedas, merezcan ahora el premio eterno…»¹

Concilio de Clermont
El papa Urbano II durante un discurso en el Conclio de Clermont en 1095. Fuente

Entusiasmado el público del concilio, Urbano II ya tenía el escenario que el deseaba. Unos añorando riquezas, otros, la conmutación de sus pecados, fueron propagando por todo Occidente las bondades de recuperar el Santo Sepulcro.

Dominium Mundi

La idea de realizar una cruzada contra el enemigo musulmán, no fue para nada improvisada. Urbano II era consciente, de que se habían presentado las circunstancias ideales para dirigir a la cristiandad. La Santa Sede se encontraba sin obstáculos entre la Iglesia y la feligresía. Por un lado, las monarquías hispánicas se hallaban inmersas en su cruzada particular contra Al-Ándalus. Por otro, tanto Enrique IV, emperador del Sacro Imperio, Felipe I de Francia y Guillermo I de Inglaterra se encontraban excomulgados. Por tanto, si los principales poderes temporales se hallaban fuera de juego, la Iglesia podía dominar la recuperación de Oriente.

Pero ser la cabeza visible de la cristiandad latina, no era el único fin que buscaba Urbano II. El papa también deseaba desterrar las luchas intestinas que se estaban dando entre la aristocracia. Las cruzadas se presentaron como un marco perfecto para dar salida a la nobleza empobrecida y deshonrada. Muchos de los segundones de las principales casas se embarcaron en busca de fortuna y tierras. Otro obstáculo que la Iglesia conseguía derribar.

Con todos los elementos aparentemente controlados, Urbano II, y por consiguiente la Iglesia, conseguían encabezar la pugna por el «dominium mundi». La Santa Sede vislumbraba ya un futuro repleto de triunfos. Se imaginaba a la Iglesia de Oriente postrada ante la de Roma. Además, buscaba la anexión de todos los territorios que se conquistasen en nombre de la cruz.

Rechazo a las cruzadas

San Anselmo
San Anselmo, una de las voces críticas contra las cruzadas. Fuente

En este contexto de júbilo y fervor, no todas las voces eran favorables al ideario cruzado. Si por un lado, tanto la Santa Sede, como la nobleza, veían la conquista de Jerusalén con ojos ávidos, existían de la misma forma opiniones que no remaban en la misma dirección.

Una de las voces más discordantes la encontramos en la Iglesia oriental, quien mostraba su oposición a esta

empresa, pues suponía perder legitimidad frente a Roma. Constantinopla era custodia de diversas reliquias, el exponente del saber clásico, así de gozar de una gran singularidad respecto a la Iglesia de Occidente. Permitir las cruzadas suponía para la Bizancio, no sólo perder la independencia religiosa, si no también, la cultural.

Pero no sólo se oponía Oriente, que tenía razones más que obvias, sino parte de la cristiandad latina era también contraria. Y es que la idea de cruzada chocó con los ideales monásticos del siglo XI. Para algunos, como para San Anselmo, la paz sólo se encontraba en los monasterios, pues eran la puerta al Jerusalén celestial. Sin embargo, la Jerusalén terrenal era sinónimo de perdición, puesto que solamente era posible conseguirla mediante el derramamiento de sangre.

«Yo os advierto, os aconsejo, ruego y suplico, como a persona querida, que renunciéis a esta Jerusalén, que ahora nos es una visión de paz, sino de tribulación, que despreciéis los tesoros de Constantinopla y Babilolina que han de ser tomados con las manos manchadas de sangre y sigáis el que camino que lleva a la Jerusalén celestial, que es una visión de paz, donde encontraréis tesoros que únicamente aquellos que desdeñan éstos (los terrenales) pueden recibir»²

La puesta en marcha

Con el fervor del ideal cruzado pululando en el ambiente del Occidente medieval, y con un gran número de nobles dispuestos a embarcarse, sólo quedaba buscar una fecha para dar comienzo a tal empresa. Probablemente ese día fue el 15 de agosto de 1096.

Formadas las huestes, marchan hacia Constantinopla un total de cuatro compañías: Godofredo de Bouillon y Balduino de Flandes encabezan la expedición de Lorena; al frente de los provenzales encontramos a Raimundo IV, quien también será acompañado por numerosos caballeros castellanos, catalanes, navarros y aragoneses, pese a estar eximidos de la empresa por Urbano II. Como líder de los condados del norte de Francia se elige a Hugo de Vermandois; y al mando de la cuarta expedición, liderando a los normando de Italia, Bohemundo I de Tarento.

Teniendo como objetivo llegar a Constantinopla ese mismo año, las cuatro expediciones se ponen en camino…

El desarrollo de las cruzadas

Primera Cruzada (1097-1099)

Con la vista puesta en Jerusalén, los cruzados se fueron abriendo camino a través de Asia Menor. Después de recuperar la ciudad de Nicea, y sitiar Antioquía, llegaron a la ciudad santa en 1099. Tras un largo asedio, que se prolongó durante nueve meses, la ciudad cayó en manos del ejército cruzado.

Tras atravesar las puertas de Jerusalén, el ejército cristiano llevó a cabo un violento saqueo de la ciudad. Tal fue el grado de violencia que se desató, que se pasó por la espada a toda la población musulmana, donde no escaparon ancianos, mujeres ni niños. Según parece, la población judía corrió la misma suerte, siendo quemados en el interior de la sinagoga principal de la ciudad.

El resultado de esta primera cruzada, fue la creación de un reino latino, cuyo centro se ubicaba en la misma Jerusalén. Además, se crearon principados en la península de Anatolia y Siria. Este reino se gestionó con estructuras de tipo feudal, pues fueron importadas de las poblaciones de origen de los ejércitos cristianos.

Émile Signol recrea la toma de Jerusalén en el año 1099. Fuente

En cuanto a quien pertenecía la potestad de esta nueva tierra, Godofredo de Bouillon, siguiendo los preceptos gregorianos, defendió que se debían ser propiedad de la Santa Sede. El mismo Godofredo fue nombrado «Protector del Santo Sepulcro». Pero éste, murió al cabo de un año, por lo que su hermano Balduino se acabó erigiendo como rey de Jerusalén.

Finalizada la campaña, y cobradas las recompensas, muchos de los cruzados optaron por volver a sus tierras de origen, mientras que otros decidieron quedarse en los recién creados estados latinos.

Segunda Cruzada (1147-1149)

La caída del condado de Edesa precipitó la proclamación de la siguiente expedición. Convocada en 1145 por el papa Eugenio III, estuvo capitaneada por Luis VII de Francia y Conrado III. San Bernardo fue el encargado en esta ocasión de predicar la nueva cruzada contra el infiel.

Ambos destacamentos partieron por tierra hacia Constantinopla, donde Manuel I Comneno, al igual que ya hizo Alejo I Comneno en la Primera Cruzada, les hizo jurar a los cruzados fidelidad. Tanto franceses como alemanes debieron cruzar hacia Asia Menor sin la ayuda de los bizantinos.

Los dos ejércitos se encontraron en Nicea, donde los franceses se encontraron un ejército alemán bastante mermado. Esto se debió a que el ejército de Conrado sufrió dos grandes derrotas: una en Dorileo, la otra en la costa del Mediterráneo. Tras pasar por Jerusalén, todos los grandes mandatarios se reunieron en Acre. En este consejo, donde había representantes de Francia, del Sacro Imperio, Jerusalén, templarios y hospitalarios, se decidió atacar la ciudad de Damasco.

Llegado finales de julio de 1148 se estableció el choque por la ciudad de Damasco. Las fuerzas musulmanas, enteradas de las intenciones de los cruzados, se encontraban preparadas para la batalla. A esta preparación previa de las fuerzas musulmanas, había que añadir los refuerzos que recibieron. La pugna por la ciudad se decantó del lado musulmán, lo que se tradujo en un fracaso de los cruzados, y en el fin de la Segunda Cruzada.

Tercera Cruzada (1189-1192)

Tras el fracaso de la Segunda Cruzada, y la recuperación de Jerusalén por parte de Saladino en el año 1189, se vio la necesidad de convocar una nueva cruzada, la cual se promulgó a raíz de la bula de Gregorio VII, Audita tremendi. Esta nueva expedición sería encabezada por Ricardo Corazón de León (sucesor de Enrique II), Felipe II Augusto y

Federico Barbarroja
Federico Barbarroja no llegó a enfrentarse a Saladino, pues le sorprendió la muerte en un río. «Muerte de Federico de Alemania» de Gustave Doré. Fuente

Federico Barbarroja. Éste último se ahogó en el río Saleph, en Anatolia, sustituyéndolo a la cabeza de las tropas imperiales Leopoldo V.

El primer enfrentamiento lo habría de protagonizar Ricardo Corazón de León, quien en su ruta hacia Sicilia perdió un barco cargado con un gran botín. Dicho barco fue a para a manos de Isaac Ducas Comneno, emperador de Chipre. Éste, que se había comprometido a devolver el botín, rompió lo pactado con Ricardo. El rey inglés contrariado, decidió conquistar la isla, propósito que no le conllevó demasiadas dificultades.

El éxito más grande conseguido por esta nueva cruzada fue la recuperación de Acre. Esta ciudad estuvo sitiada por el ejército cruzado durante casi dos años, al cabo de los cuales fue recuperada. Al igual que por Acre, se pugnó también por la ciudad de Jaffa. Esta ciudad sería recuperada por Saladino, y nuevamente reconquistada por Ricardo.

Jerusalén, centro del reino latino, tampoco pudo ser recuperada por las tropas cristianas. Tras un periodo de desgaste entre el rey inglés y el sultán ayubí, decidieron pactar unas condiciones sobre Jerusalén. La ciudad permanecería en manos de Saladino, no obstante se permitía el peregrinaje a los cristianos.

Como vemos, esta cruzada tampoco conseguía su objetivo. La guerra en Tierra Santa cada vez aportaba menos recompensas.

Cuarta Cruzada (1202-1204)

Ante el fracaso de la anterior cruzada, hubo que replantearse los objetivos a conseguir en la última de las grandes cruzadas. Había quedado patente que las estrategias tomadas anteriormente estuvieron mal formuladas. El camino hacia Oriente ya no resultaba tan fácil de atravesar, y por lo tanto, Jerusalén era aún más difícil de recuperar. Con el cambio de estrategia, se vislumbró que el camino hacia Jerusalén pasaba por conquistar los puntos estratégicos de Oriente Medio, así como la captura de los puertos.

Con predominio francés, la cruzada impulsada por Inocencio III puso rumbo a Venecia. En un principio se tenía pensado navegar hasta Egipto, lo cual no sería posible. Una serie de contratiempos obligó a los cruzados a desviarse de su objetivo inicial.

Retenidos en la isla de San Nicolás de Lido, ante la imposibilidad de pagar lo acordado a los venecianos -quienes iban a ser los encargados de trasladarlos vía marítima hacia Egipto-, los cruzados finalmente partieron hacia el reino húngaro. Esta decisión se debió al interés de Venecia por la ciudad húngara de Zara, un punto estrátegico. Si los cruzados ayudaban a Venecia a recuperar Zara, Venecia condonaría el pago de los barcos hacía Egipto. Zara fue conquistada y puesta en manos venecianas.

Recuperar Constantinopla

Durante el invierno, de manos de el pretendiente al trono bizantino, Alejo, llegó una petición de ayuda. Alejo instaba a los cruzados a recuperar Constantinopla, que estaba en manos de Alejo III, a cambio de una serie de recompensas. Tras debatirlo, se decidió recuperar Bizancio para Alejo. Por tanto, su viaje hacia Egipto quedaba nuevamente aplazado.

Con el ejército cruzado desplazado hasta Constantinopla, se sitió la ciudad. Previendo la caída inminente de la ciudad, Alejo III huyó hacia Mosinópolis. De esta manera, Isaac II, padre de Alejo, era restituido en el trono bizantino. Pero nuevamente había un incumplimiento del acuerdo, Alejo IV no podía afrontar el pago de lo acordado.

Ante esta nueva tesitura, los cruzados decidieron de nuevo atacar la ciudad bizantina. Tras un breve asedio, Constantinopla cayó. Se produjo un saqueo de una magnitud desproporcionada, donde hubo lugar para todo tipo de delitos y abusos. Saqueada la ciudad, se prosiguió a su reparto, originándose el Imperio Latino de Constantinopla. Balduino IX de Flandes sería el designado para ocupar el trono imperial.

La Cuarta Cruzada finalizaba sin haber pisado Tierra Santa…

El fin de las grandes cruzadas

El Imperio bizantino se encontraba desmembrado y debilitado. El Imperio latino estaba débilmente reforzado. Estas circunstancias llevaron al fin de las grandes empresas cruzadas. Pese a que desde 1213 hasta 1291 hubo nuevas cruzadas, las llamadas menores, no hubo ningún avance significativo con respecto a los musulmanes.

Los objetivos de la Santa Sede, aquellos que Urbano II tenía en mente, fracasaron a todas luces. No se pudo mantener de forma estable Jerusalén. Mantener de manera perpetuada las posesiones adquiridas en Tierra Santa se hizo inviable. Tampoco se alivió la diferencia entre Roma y Bizancio, es más, la brecha se hizo irreparable.

Ante estas nuevas circunstancias, el fervor cruzado se fue diluyendo entre la cristiandad occidental, de la misma manera que arraigó, allá por el siglo XI. Las cruzadas se convirtieron en un sin sentido a la vista de la población católica. La recuperación de Tierra Santa a través de la guerra, iba quedando en el pasado.

Infografía cruzadas

Vía:

  • BARAHONA, Pastora. Los Templarios. Una historia muy presente, Madrid, Editorial libsa, 2003.
  • GARCÍA DE CORTÁZAR, J. A.; SESMA MUÑOZ, J. A. Manual de Historia Medieval, Madrid, Alianza Editorial, 2014.
  • VINCENT, Catherine. Breve historia del Occidente medieval, Madrid, Alianza Editorial, 2001.
  • SOUTHERN, R. W. La formación de la Edad Media, Madrid, Alianza Editorial, 1981.

Citas:

  1. Discurso de Urbano II durante el Concilio de Clermont. Citado en BARAHONA, Pastora, op. cit., p. 83.
  2. Carta se San Anselmo a un joven. Citado en SOUTHERN, R. W, op- cit., pp. 52-53.

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