La vida en el mar a finales del siglo XV (III)

Tratado de Tordesillas
Tratado de Tordesillas

Hoy llegamos a la tercera y última parte de esta serie de posts, dedicados a la vida en el mar a finales del siglo XV. Esta tercera entrega trata sobre la calamitosa vida a bordo de las embarcaciones durante los viajes al Nuevo Mundo.

La vida a bordo

El embarque entrañaba, para el marino y para el simple viajero, penetrar en un mundo incómodo y estrecho, en el que a la sensación de sostenerse sobre una plataforma resbalosa e inestable y sometida a cabezadas, se sumaba el tener que desplazarse torpemente bajo cubierta agachado para evitar golpearse con los baos, dormir en cualquier parte sobre unas mantas, ya que aún no existían los coys, y aspirar permanentemente unos humores pútridos que subían de la sentina. Todo ello en las mejores circunstancias de bonanza.

Embarcar suponía entrar y formar parte de la dotación de la máquina más sofisticada y compleja de la época. Un mundo que en si garantiza trabajo duro para todos, acompañado con voces peculiares de acción respondidas por otras, y cantos colectivos tradicionales y rítmicos para aunar el esfuerzo de los marineros en las faenas.

La única forma de manejar un barco, navegando 24 horas al día durante una larga singladura, era ya en la marina del Renacimiento, la de dividir la tripulación en tres grupos, que van rotando en la atención del barco cada cuatro horas. Todos acudían de igual manera a los actos comunes como la oración y la comida, que estaba compuesta por galleta de mar o bizcocho, salazones de pescados, carnes y quesos, grasas, verduras secas y vinos.

El “pan seco” o bizcocho, por dos veces horneado hasta hacer de él un bollo duro, incomible si no se trocea y disuelve en la boca o si no se moja en agua, sopa o vino es la conocida “galleta de mar” que se embarca, aunque también se hace provisión de harina, para hacer pan fresco para la mesa del capitán y para los enfermos.

Las etapas para renovar el agua se aprovechaban para “refrescar” también los alimentos y adquirir carnes obtenidas mediante la caza de cabras o venados. Los portugueses lo hacían en Azores y Madeira y Colón lo hizo en la Gomera.

La pesca podía proporcionar pescado fresco, pero no en la abundancia o con la frecuencia que cabe pensar, ya que la velocidad del barco lo dificultaba. Las capturas se conservaban en nasas de juncos o madera bajo el agua, y eran remolcadas por la nave.

Esta actividad constituía además una de las distracciones de la travesía, en la que el tiempo libre se dedicaba también a confeccionar y reparar cabos, hacer nudos y grupos de filástica, a narrar historias en la parla marinera y a cantar los “villancicos” amorosos, coplas y romances contemporáneos acompañados de vihuelas de mano o de arco.

La falta de higiene, el consumo de agua y alimentos frecuentemente en mal estado, el pasar del ambiente húmedo del interior al frío de la intemperie con motivo de las guardias, eran condicionantes que favorecían algunas enfermedades.

El escorbuto, que en un principio se creyó incurable, era prácticamente desconocido en el siglo XV hasta la expedición de Vasco de Gama de 1498 a Calicut, en la que murieron 55 hombres entre calambres y presa de horribles sufrimientos.

En el viaje descubridor, Colón comenta ya a finales de noviembre que hasta entonces, de toda su gente no había habido nadie que hubiera padecido un simple dolor de cabeza, ni que hubiera tenido que guardar cama. Durante su último viaje el reumatismo y la gota le hicieron aún más penosa la vida a bordo.

Espero que este serie de publicaciones os haya servido, para tener una idea más clara de todo lo que rodeó a uno de los acontecimientos más importantes de la Historia, el descubrimiento de América.

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