La vida en el mar a finales del siglo XV (II)

Tratado de Tordesillas
Tratado de Tordesillas

Continuamos con la serie de publicaciones en los que hablamos de la parte menos conocida del Descubrimiento de 1492, la vida en el mar. Si en la primera parte hablamos de la cuna del Descubrimiento, ahora le toca el turno al mito que giraba en torno al mar en el siglo XV, así como a la ciencia que hizo posible dicho viaje.

Mito y ciencia

Los hombres del Descubrimiento pertenecían mayoritariamente a un ámbito geográfico concreto, que sin embargo compartía arte de marear, aficiones, creencias y supersticiones con los marineros contemporáneos de otras latitudes. Muchos de estos mitos servían para llenar el vacío del desconocimiento.

Mucho más que a monstruos o cataclismos, lo que temían los compañeros de Colón era alejarse tanto que no pudieran regresar por no poder contar con vientos propicios para el tornaviaje.

Donde la imaginación jugaba las peores y más peligrosas pasadas a los marinos, era en los espejismos y falsas apariencias de islas inexistentes, que luego se reflejan en una cartografía mítica que situaba, junto a las reales, la isla de Antilla.

Muchos errores no eran absurdos. En el siglo XV se estudiaba la “Geographia” de Claudio Ptolomeo y sus mapas gozaban de gran prestigio, pero este geógrafo y cartógrafo, conocía bien todo el Mediterráneo, Europa y la costa norte de África, así como un poco de Persia, Arabia y la India; pero lo que había más allá lo desconocía y suplió su ignorancia con el trazado de costas hipotéticas, extendiendo el continente asiático desmesuradamente hacia el este y aproximándolo consecuentemente a Europa. Algunos le creyeron, entre ellos Colón, y este dato, junto con la errónea idea del tamaño de la Tierra le hicieron confiar en que su empresa de llegar a Asia desde el Oeste era factible.

Los instrumentos de navegación

La aguja y la carta estaban ya presentes en la historia de la navegación desde dos siglos antes. La carta “arrumbada” es una consecuencia casi inmediata de la adaptación de la aguja magnética al uso náutico. Los imaginativos napolitanos atribuyeron de siempre a un ciudadano de Amalfi su útil empleo. Sólo se puede conceder como posible la introducción de alguna mejora como la inclusión a la rosa de los vientos una mejor suspensión, o la protección mejor garantizada en su propia caja o “brújula”.

Colón dará por primera vez fe, de el progresivo nordestear o bien noroestear de la brújula, según se viaje en un sentido o en el otro del Atlántico, consecuencia de la declinación magnética. Magnetismo terrestre al que sólo cincuenta años después dedicará Martín Cortés nada menos que tres capítulos de su “Breve Compendio de la Sphera y de la Arte de Navegar”.

En aquellos tiempos la carta arrumbada se extendía sobre una mesa, y el piloto iba pinchando en ella el rumbo seguido o los cambios de rumbo, situando la nave, de acuerdo con otro factor que no cita Hernando, porque no se vale fundamentalmente de un instrumento. Se trata del propio criterio del navegante sobre a distancia recorrida basada en la velocidad del buque, que a su vez depende de otros muchos factores como el viento y la corriente. Si acontecía un cambio incontrolable de rumbo por accidente o tormenta, los cálculos no servían para nada.

Tan aleatoria resultaba esta estimación, tan imposible de ser controlada científicamente, que la supuesta situación del barco se conocía como punto de fantasía, y siempre era objeto de discrepancia cuando coincidían varios pilotos en dar opinión.

Los pilotos punteaban sobre las cartas durante la derrota, y por medio de compases comparaban las distancias según necesidad. Hernando Colón hacía anteceder en su diálogo a la carta y a la aguja las alturas como cosa principal de la navegación, saber calcular que altura tiene, que tantos grados está apartado de la línea equinoccial mediante la observación de un astro fijo.

La altura se medía mediante tres tipos de instrumentos diferentes: el cuadrante, la ballestilla y el astrolabio, ninguno de los cuales era fácil de usar en la mar. Colón nos dice en la anotación correspondiente al día 3 de febrero de 1493 que no pudo tomar la altura con el astrolabio ni con el cuadrante porque “la ola no le dio lugar“.

El más usado era el cuadrante o cuarto de círculo con doble mirilla y el arco graduado, de cuyo vértice colgaba una plomada que indicaba la correcta posición vertical. La cuerda de la plomada marcaba en el arco la medición.

La ballestilla era una pieza alargada de madera sobre la que se deslizaba una vara cruzada más pequeña. La altura de la estrella se leía directamente en una graduación marcada en la vara principal.

Por medio de alguno de estos instrumentos se tomaba “oficialmente” la altura, al mediodía, instante en el que el Sol pasa por el meridiano, iniciándose la cuenta con las ampolletas o relojes de arena de media hora de duración. Hasta mediados del siglo XVI no se establecería el “sellado” y control de los instrumentos de navegación (Real Cédula de 25 de febrero de 1565).

Habiendo hablado ya de la cuna de Descubrimiento, y del mito y la ciencia, sólo nos falta por ver la vida a bordo, tema que veremos en el siguiente post.

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