La Roma imperial: la familia Julio-Claudia

Visto ya el final de la República romana y el inicio del principado, nos toca ocuparnos en esta ocasión de la dinastía Julio-Claudia.

En esta dinastía, que gobernó desde el 27 a.C al 68 d.C, aparte de Augusto, encontramos a Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón, quienes gobernaron el Imperio Romano, hasta que Nerón se suicidó, llegando a su fin en el poder la dinastía Julio-Claudia.

Tiberio (14 – 37)

Tiberio Julio César Augusto, miembro de la gens Julia, pasó a ser miembro también de la gens Claudia, cuando su madre –Livia Drusila-, se divorció de su padre –Tiberio Claudio Nerón– para casarse con Octavio Augusto, quien lo adoptó el 26 de junio del año 4. De esta manera, Tiberio pasó a formar parte de ambas gens.

Tiberio
Busto de Tiberio, segundo emperador de Roma. Fuente

Muerto Augusto, Tiberio tenía el camino libre para ser emperador. Aceptó el poder por presiones del Senado, pues Tiberio parecía no tener vocación de gobernante, pues por su cercanía al poder, sabía las responsabilidades que este entrañaba. Pero como hemos dicho, aceptó por la presión del Senado. Ya en el poder, se negó a ser divinizado y rechazó los títulos de imperator y pater patriae, aceptando solamente el de princeps.

El mandato de Tiberio se caracterizó por ser una época de prosperidad económica y de paz. Reforzó las competencias del Senado; realizó un gran saneamiento económico; y prefirió la vía diplomática frente a las armas, manteniendo la política augustea de no ampliar las fronteras.

Paradójicamente, los mayores quebraderos de cabeza no se los trajeron ni los partos, ni los galos, ni ningún otro pueblo, ni tan siquiera el pueblo romano, sino su propia familia, y todo por el problema sucesorio.

En un principio, su sucesor debía ser Germánico, su sobrino e hijo adoptivo, distinguido general y procónsul de Oriente, pero murió en Siria. Tras este suceso, la mujer de Germánico, Agripina la Mayor, entró en escena acusando a Tiberio de haber envenenado a su esposo, basándose en la idea de que Tiberio desistió de nombrar a Germánico como sucesor, en favor de Druso, hijo del emperador.

No se sabe si fue este hecho, u otro, lo que motivó que fuese apartando paulatinamente del poder, delegando en Lucio Elio Sejano, prefecto del pretorio y jefe, mientras Tiberio se retiraba a su villa de Capri. En su últimos diez años de vida no residió de manera regular en Roma. Esta segunda etapa del mandato fue contrastadamente más negativa.

Capri
Residencia de Tiberio en la isla de Capri. Fuente

Sejano empezó a maquinar para hacerse con el poder, por lo que conspiró contra Druso. Para ello logró que la esposa de éste, Livilla, lo envenenase. Tras este hecho, Tiberio fue informado de la conspiración, por lo que se apresuró en volver a Roma, deteniendo y condenando a muerte a Sejano.

A partir de este suceso, y aunque siguió establecido en Capri, se ocupó personalmente de dirigir el Imperio. Este último periodo de gobierno se caracterizó por una gestión dura y autoritaria, en contraposición de su primera época como emperador.

Calígula (37 – 41)

Ante esta gestión autoritaria, empezó a surgir entre el Senado una patente insatisfacción, de ahí que con gran esperanzas, apoyaran la investidura de Gayo César Germánico, Calígula. Este, al haber crecido entre soldados,

Calígula
Estatua de Calígula, sucesor de Tiberio. Tiberio

contaba con la simpatía del ejército, era pues, el candidato ideal.

Los inicios del mandato de Calígula confirmaron las buenas esperanzas depositadas en el emperador. No obstante, con el paso del tiempo desarrolló un trastorno mental, lo que provocó un cambio en su carácter.

Su breve mandato estuvo protagonizado por ser cruel, extravagante y lleno de desprecio hacia las instituciones tradicionales. Calígula, a través de su megalomanía, acabó con la buena gestión de Tiberio, malogrando de esta manera con el saneamiento económico llevado a cabo por su predecesor.

No contento con esta gestión del Imperio, Calígula parece ser que, intentó llevar a cabo la instauración una monarquía absoluta de tradición helenística. Fue la gota que colmó el vaso, por lo que se organizó una conjura, la cual, a manos de los pretorianos, acabó con la vida del emperador apodado como el calzado militar romano, Calígula.

Claudio (41 – 54)

Los mismos pretorianos que conjuraron contra Calígula, impusieron al Senado a Claudio, tío del anterior, por la creencia de que sería un personaje de fácil manejo. No obstante, no fue así. Erudito y con ideas claras además de aparte de sentido práctico, promovió la centralización de la administración, asentando las bases de una burocracia compleja y eficaz.

Claudio dividió la cancillería imperial en cuatro departamentos: correspondencia, justicia, archivos y hacienda. Lo mismo hizo con el tesoro, haciendo tres repartos: una parte destinada a reservas, otra a inversiones, y por último, una para el emperador. Frenó la influencia de los optimates, poniendo a libertos a cargo de la burocracia. Llevó la ciudadanía romana a los provinciales que habían mayores méritos, los que a su vez fueron nutriendo el Senado, pasando ahora a estar representados no sólo a los patricios itálicos, sino a los de todo el Imperio.

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Camafeo conmemorativo de la boda de Claudio y Agripina la Menor. Fuente

En cuanto a la política exterior, observamos a un emperador menos prudente que los anteriores, pero no por ello menos efectivo. Claudio logró transformar algunos territorios vasallos (Macedonia, Licia, parte de Britania) en posesiones romanas.

En lo referente a la sucesión, el mandato de Claudio no iba a ser menos, por lo que también estuvo caracterizado por conjuras en pro de unos u otros personajes. En su caso, su primera esposa, Mesalina, divorciada de éste y casada con Cayo Silio, urdieron un plan para elevar a éste último a emperador, pero fueron descubiertos a tiempo y ejecutados. Su segunda esposa, Agripina la Menor, envenenó a Claudio para poder entregar el poder a su hijo -de su primer matrimonio- Nerón. Claudio al final no pudo llevar a cabo su plan, nombrar como heredero a su hijo Británico.

Como podemos ver, Claudio supo muy bien buscarse las esposas…

Nerón (54 – 68)

Nerón
Busto de Nerón, último emperador de la dinastía Julio-Claudia. Fuente

Agripina persuadió a Claudio, claramente antes de envenenarlo, para que adoptase a su hijo Nerón, quien tras la adopción, tomó el nombre de Nerón Claudio César, vinculándose de esta manera a la familia imperial. Agripina logró en parte sus propósitos, pues consiguió que Nerón fuese emperador, pero no alcanzó su finalidad última, gobernar a través de él, pues su hijo no admitió dictados ajenos.

Los primeros años del mandato de Nerón transcurrieron de forma totalmente ideal. El Senado se vio reforzado en sus atribuciones, la administración fue plenamente eficaz y la defensa de las fronteras y la relación con el ejército fueron bastante buenas también.

Pero a partir del año 55 se le fue la pinza cambió la situación de forma radical. Comenzó a ver conjuras contra su persona en todas partes y personas, a parte de manejar la idea de instaurar una monarquía absoluta, eliminando así los órganos representativos. Para el año 60, quienes según él, representaban una amenaza fueron eliminados. Entre ellos su madre -Agripina-, Británico y su propia esposa, Octavia.

En cuanto a la gestión económica del Imperio, Nerón hizo bueno a Calígula, pues elevo a enésima potencia la extravagancia y despilfarro de éste último, dejando a cero de manera habitual la tesorería, ante lo cual recurría a confiscaciones aleatorias. Tras el incendio que asoló Roma en el año 64, Nerón puso en práctica sus dotes urbanísticas, pues reconstruyó la ciudad según sus planes urbanísticos, dotando a la capital del imperio de una gran monumentalidad, destacando el palacio que mandó construir para su deleite en el Esquilino, la Domus Aurea.

Domus Aurea
Estancia de la Domus Aurea, reflejo de la extravagancia de Nerón. Fuente

El despropósito gubernamental de Nerón no sólo se dejó sentir en Roma, si no que se extendió hacía el resto de provincias. En unas, como en Britania o contra los partos, los problemas fueron sofocados por las habilidades de los magistrados responsables de dichas provincias. En otras, como Judea, la Galia Lugdunense o la Tarraconense, fueron los propios gobernadores los que se levantaron contra la tiranía del emperador. Encabezando el levantamiento de la Tarraconense Servio Sulpicio Galba, y contando con el apoyo de la Lusitania, África y Egipto, Nerón perdi ó totalmente los apoyos, lo que terminó desencadenando en su suicidio.

Muerto Nerón, desaparece la dinastía Julio-Claudia y aparece una nueva, los Flavios. Pero eso forma parte de otro capítulo…

Vía |

  • Coord., Sayalero, M. Atlas ilustrado de la Antigua Roma. De los orígenes a la caída del Imperio. Ediciones Susaeta. Madrid.
  • Roma en el origen de Occidente. Ediciones Rueda (2002). Madrid.

 

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